JORGE ” MAROMERO” PAEZ : CUMPLIO 60 AÑOS Y Como VIVE Es Muy TRISTE

cuatro veces campeón del mundo, 52 knockouts, el primer mexicano en firmar con HBO y un hombre en Las Vegas limpiando el piso de una tienda de donas a cambio de que le dejen predicar adentro, sin casa, viviendo en una camper con señales de lo que los médicos llaman demencia boxística. ¿Cómo? Eso es lo que hoy te voy a contar.

Pero necesitas escuchar todo, porque si te vas antes del final no vas a entender la parte que más duele. Su nombre era Jorge Adolfo Páez y nació el 27 de octubre de 1965. No en un hospital, no en una casa, en un circo. El circo Olvera, donde su abuela asistió el parto y el mundo del espectáculo lo reclamó desde ese primer segundo.

Hoy vas a conocer tres cosas que nadie te ha contado completas sobre el Mar Homero. Primera, lo que subió al ring vestido de novia no es la historia más extraña de Jorge Páez. Hay algo más debajo de esa extravagancia. Es algo que tiene que ver con de dónde vino y que nunca lo soltó. Segunda, 39 segundos. Una sola pelea.

Un nocaut que partió su vida en dos y que él nunca superó del todo. Ya llegamos. Tercera, lo que el boxeo le cobró al final. Algo que el dinero no puede devolver, algo que los médicos tienen nombre para describir y que Jorge carga hoy en silencio mientras predica en Las Vegas. Hay una frase que dijo a una cámara de televisión hace unos años, una sola frase la guardamos para el final, porque sin todo lo que viene antes no pesa lo que tiene que pesar.

Mexicali, Baja California. Frontera,  una ciudad que vive entre dos mundos, México y Estados Unidos, separados por una línea que en esa época era más porosa que hoy. Una ciudad de paso, de negocios, de gente que viene de un lado y va al otro y que aprendió a sobrevivir exactamente en esa grieta. Y en esa ciudad había un circo, el circo Olvera, una carpa familiar que llevaba décadas recorriendo el norte de México.

Payasos, acróbatas, animales, malaistas. El tipo de entretenimiento que en los años 60 y 70 todavía llenaba carpas en ciudades donde el cine era un lujo  y la televisión llegaba con interferencias. Jorge Páez creció en ese circo, no como espectador, como trabajador. Desde que pudo caminar, las maromas eran parte de su vida cotidiana.

Las piruetas que otros niños hacían en el recreo, él las hacía como parte del trabajo familiar. Su tío Heriberto Febles Solvera le enseñó a pelear no para el ring, para el circo, para que el chico supiera defenderse, para que si alguna borracho en algún pueblo decidía que el espectáculo terminaba en bronca, el sobrino supiera cómo terminar esa bronca rápido.

Ahí aprendió Jorge Páez algo que ningún gimnasio de boxeo enseña, que el cuerpo puede moverse de maneras que el rival no espera, que la esquiva no tiene que ser hacia atrás, puede ser hacia los lados, hacia abajo, hacia arriba. Puede ser una maroma completa si hace falta, pero ese conocimiento circense metido dentro de un ring de boxeo iba a ser la combinación más extraña y más efectiva que el deporte mexicano había visto en décadas.

¿Qué pasa cuando un acróbata de circo aprende a pelear? Cuando el hombre que lleva toda la vida haciendo cosas con el cuerpo que nadie más puede  hacer, descubre que esas mismas cosas funcionan en un cuadrilátero. La respuesta no es obvia, pero Juan está a punto de verla. 6 de noviembre de 1984, San Luis, Río Colorado.

Jorge Páez tiene 19 años, sube al ring por primera vez como profesional. rival  Efrent Treno. Tres rounds, knockout técnico. Así empezó y lo que construyó en los siguientes 4 años fue una de las carreras más peculiares que el boxeo mexicano había visto. No la más rápida, no la de los números más limpios, sino la más difícil de ignorar, porque Jorge Páez no solo peleaba, actuaba.

Sus entradas al ring eran un espectáculo propio, si cortes de cabello que ningún  estilista sensato hubiera aprobado. Vestuario que más de una vez dejó a los promotores sin palabras. movimientos dentro del ring que parecían más de circo que de boxeo  y que, sin embargo, funcionaban porque el rival nunca sabía desde qué ángulo iba a llegar el siguiente golpe.

Era muy complicado trabajar con él. Era  un chico humilde y con poca preparación. Lo cuidaban mucho en el circo, no así que cuando salió se quiso comer el mundo de una mordida. Así lo describió su entrenador, Antonio Losada, un hombre que venía del circo al mundo del boxeo profesional con  toda la energía y ninguno de los filtros que la vida en una institución te enseña a tener.

Y aquí está algo que Juan necesita saber. subió al ring vestido de novia, no como broma de una vez, más de una. Y eso no era lo más extraño de Jorge Páez. Lo más extraño era que ganaba, que hacía todo eso y ganaba. Ya llegamos a Como el acróbata de circo, que aprendió a boxear para proteger la carpa de su familia estaba construyendo algo que nadie en México había visto.

Faltaban 4 años  para que el mundo del boxeo lo tomara en serio. Y cuando lo hizo, la noche que lo hizo, nadie que estaba ahí lo olvidó jamás. 4 de agosto de 1988.  Jorge Páez tiene 22 años y esa noche enfrenta a Calvin Grove por  el título mundial de peso pluma de la IBF. Lo que hay que entender de esa pelea es el contexto.

Grove era el campeón, un boxeador serio, experimentado, respetado. Paz era el extravagante del circo que hacía piruetas en el ring y subía disfrazado. Los pronósticos no favorecían al mexicano. 15 rounds, la última pelea pactada  a 15 asaltos en la historia del boxeo mundial. Y Jorge Páez ganó por decisión unánime. Cuando el árbitro levantó su mano, Paes hizo lo que siempre hacía cuando ganaba.

Una maroma completa en medio del ring, delante de los jueces, los fotógrafos y los aficionados. México tenía un nuevo campeón del mundo, uno que nadie hubiera apostado que llegaría ahí. Trabajar con él era muy divertido. Había bromas todo el tiempo. Planear sus entradas era algo tan importante como la pelea misma. Era un showman.

Lástima que el boxeo no le regresa todavía a Jorge lo que él significó para el deporte.  Eso dijo su entrenador Antonio Lozada años después. y con la voz de quien lamenta algo que  ya no tiene remedio. Lo que vino después de ese campeonato fue una década de gloria que México nunca reconoció del todo  porque estaba ocupada mirando a otro hombre.

Jorge Páez defendió su título nueve veces. Ganó el cinturón de la OMB, unificó  con Luis Espinoza, cuatro campeonatos mundiales en total a lo largo de su carrera y fue el primer mexicano en firmar un contrato de cinco peleas con HBO, la cadena de televisión más importante del boxeo en esa época. El lugar donde peleaban los mejores, donde el dinero era real y la audiencia era de millones.

El primer mexicano con ese contrato, antes que Chávez,  antes que Barrera, antes que Morales, el maromero Páez. Las televisoras se peleaban por él, arrastraba multitudes y luego lo hicieron a un lado. Otra vez las palabras del entrenador Losada. dichas con la tranquilidad incómoda de quien describe una injusticia que ya prescribió.

El problema fue uno solo y fue un problema que Páez no eligió, pero que lo aplastó  de todas formas. Se llamaba Julio César Chávez. El mismo año que Paaba  su reinado, Chávez estaba en el punto más alto de su carrera, peleando en los grandes escenarios, ganando, siendo la cara del boxeo mexicano  para el mundo entero.

Dos campeones al mismo tiempo en el mismo país y la atención alcanzaba para uno solo. Jorge era talentoso como el que más, pero la falta de difusión  mediática, a más la cercanía de su carrera a la de Julio César Chávez terminaron eclipsándolo.  Lo dijo el historiador del boxeo, Víctor Cota León, sin rodeos.

¿Qué le pasa a un campeón que hace todo bien y aún así queda en segundo plano? que gana, que defiende, que llena arenas, que firma con HBO y que el país donde nació nunca termina de verlo del todo  porque hay otro más brillante en el mismo momento. La respuesta de Jorge Páez a esa pregunta la vamos a ver ahora y no es la que uno esperaría porque Jorge Páez  respondió al olvido de la única manera que sabía.

haciendo más espectáculo. Si el barrio no lo veía con el corte de  cabello normal, lo iba a ver con el más extravagante que encontrara. Si el país no lo miraba cuando subía al ring como boxeador, lo iba a mirar cuando subía  vestido de novia. Si México prefería a Chávez, Estados Unidos iba a querer al mar Homero.

Y así fue. Las arenas de Las Vegas lo recibían con entusiasmo. La afición norteamericana amaba el espectáculo. Un mexicano que boxeaba y bailaba y hacía maromas y ganaba. Eso no existía en ningún otro lugar del boxeo mundial. Y por un tiempo eso fue suficiente.  Cuatro campeonatos mundiales, contrato con HBO, arenas llenas en Estados Unidos y México mirando para otro lado.

Lo que vino después  tiene fecha exacta, 29 de julio de 1994 y duró 39 segundos.  Esta es la primera revelación. En los 39 segundos que partieron la vida del maromero en dos. 29 de julio de 1994, MGM Grand, Las Vegas. Jorge Páez enfrenta a Óscar de la Ol. El Golden Boy, 21 años, campeón olímpico en Barcelona.

1992, la estrella más brillante del boxeo norteamericano en ese momento. 39 segundos. Segundo round. De la olla noqueó al maromero Páez en 39 segundos del segundo round. No fue una derrota, fue una demolición. El tipo de knockout que no solo termina una pelea, que cambia como el mundo del boxeo ve a un hombre para siempre.

Antes de esa noche, Paes era el campeón excéntrico del circo que hacía cosas imposibles en el ring. Después de esa noche, algo en la narrativa cambió. Ya no era solo el excéntrico, era el que de la olla había noqueado en menos de 2 minutos. Eso es lo que te prometí desde el principio, 39 segundos. Y las consecuencias de esos 39 segundos se extendieron mucho más allá de esa noche en Las Vegas.

Óscar de la Ol tenía 21 años esa noche. Jorge Páez tenía 28. Su mejor época como boxeador en teoría. 39 segundos del segundo round. Un hombre que había defendido su título nueve veces, que había firmado con HBO, que había ganado cuatro campeonatos mundiales, 39 segundos. Después del knockout ante de la olla, Pae siguió peleando 9 años más, pero ya no era lo mismo.

Las peleas grandes dejaron de llegar. Los promotores que antes peleaban por él empezaron a mirar hacia otros lados. El contrato con HB o terminó sin renovarse. Siguió ganando peleas. Su récord final fue de 79 victorias, 14 derrotas y cinco empates, 52 knockouts. Números que en cualquier otro contexto serían los de una carrera extraordinaria.

Pero el contexto ya había cambiado. El 5 de diciembre de 2003, en Phoenix, a Arizona, Jorge Páez peleó por última vez como profesional. ganó por decisión unánime a Scott Mcraaken. Una victoria sin fanfarria, sin televisión grande, sin arenas llenas y después de ese día el silencio. Pero hay algo más, algo que los números del récord no dicen.

El boxeo le cobró algo a Jorge Páez que el dinero no puede devolver, algo que los médicos tienen nombre para describir y que Jorge carga hoy sin decirlo demasiado alto. Ya llegamos. 19 años de carrera profesional habían terminado. Lo que nadie calculó bien fue cuánto costaban esos 19 años y a dónde iban a llevar a Jorge Páez cuando las luces del ring se apagaran.

Las Vegas, la ciudad que le dio los mejores momentos de su carrera. El MM Grand, las arenas llenas, el contrato con HBO, la misma ciudad donde terminó viviendo en una camper. Un equipo de Univision lo fue a buscar hace unos años. Lo encontraron en una tienda de  donas, no como cliente, noo voluntario de limpieza.

La historia que Jorge contó fue esta. Un día pasó por la tienda, vio que  había desorden afuera y llegó a un acuerdo con el dueño. Él limpiaba todos los días. A cambio, le dejaban predicar adentro, el campeón mundial que había firmado con HBO, limpiando el piso de una tienda de donas en Las Vegas a cambio de que le dejaran hablar de Dios.

¿Cómo llegó ahí? La respuesta tiene dos partes. La primera es la que todos conocen. El dinero se fue y como siempre se va cuando llega de golpe a quien no aprendió a administrarlo. Las fiestas, los  gastos, los años sin ingresos después del retiro. Una  historia que el deporte mexicano repite demasiadas veces.

La segunda parte es la que nadie habla suficiente. Esta es la revelación que  te prometí desde el principio, lo que el boxeo le cobró a Jorge Páez,  que el dinero no puede devolver. Los medios que lo cubrieron después del retiro usaron una frase, señales de demencia boxística. No es un diagnóstico literario, es un término médico real.

El daño acumulado que producen años de golpes en la cabeza, la inflamación que no sana entre pelea  y pelea, el precio neurológico que el boxeo cobra a los hombres que se dedican a él con la intensidad con la que Pae se dedicó. 19 años, 98 peleas profesionales, cada una con golpes que el cuerpo absorbe y que el cerebro registra de maneras que no siempre son visibles al momento, pero que el tiempo hace evidentes.

Jorge Páez no habla de eso directamente. No hace declaraciones largas sobre lo que siente o lo que ha perdido. Habla de Dios, habla de su fe, habla con el mismo sarcasmo de siempre, con el mismo humor que tenía cuando entraba al ring vestido de novia. Pero la gente que lo conoce de cerca lo nota y los medios que lo cubrieron lo escribieron.

¿Cuánto vale un campeonato mundial? ¿Cuánto vale firmar con HBO? ¿Cuánto vale llenar arenas en Las Vegas? Jorge Páez lo sabe mejor que nadie. Es la respuesta que él da hoy desde la tienda de Donas no es la que uno esperaría. Cuando el equipo de Univisión le preguntó cómo lo trataba la gente cuando predicaba, Jorge Páez respondió con una sola frase.

La gente me critica, me han corrido,  me han echado agua, pero no me rechazan a mí, rechazan a Dios. Esa frase, el hombre que subió al ring vestido de novia, que hizo maromas frente a 20,000 personas, que fue el primer mexicano en firmar con HBO, que noqueó a 52 rivales, parado en la puerta de una tienda de donas en Las Vegas, diciendo que cuando la gente lo rechaza, no lo rechaza a él, rechaza a Dios.

Es tragedia, es locura,  es fe genuina. Probablemente las tres mezcladas de una manera que solo  tiene sentido si entiendes de dónde vino Jorge Páez y todo lo  que vivió para llegar ahí. Jorge Páez nació en un circo. Aprendió a hacer maromas antes de aprender a leer.

Aprendió a caer y a levantarse en la carpa antes de aprender a hacerlo en el ring. Pasó su infancia haciendo el espectáculo  para que la gente olvidara por una hora los problemas de la semana. Y cuando el boxeo llegó, lo hizo como otro circo, más grande, más brillante, con más dinero y más gente, pero con la misma lógica.

Subir, actuar, hacerlos  gritar, bajar. El problema fue que nadie le explicó que ese circo tenía un costo que se cobraba en silencio, es que cada golpe que absorbía en el ring quedaba registrado en algún lugar que no se ve desde afuera, que el dinero que ganaba se podía ir,  pero lo que el cerebro acumulaba no tenía reembolso.

Y cuando las luces se apagaron, cuando el contrato con HB o terminó y las arenas se llenaron con otros nombres, Jorge Páez hizo lo único que sabía hacer. Encontró otro público o en las puertas de las casas de Las Vegas, con la misma energía de siempre, con el mismo sarcasmo y con una Biblia en lugar de guantes.

¿Lo olvidó México? Sí fue justo. No le importa a él. Escucha  lo que dijo. No me rechazan a mí, rechazan a Dios. Un hombre que pasó toda su vida siendo rechazado  por el país que más debía haberlo reconocido. Encontró una manera de convertir ese rechazo en algo que  no le pertenece a él. Eso para bien o para mal sigue siendo el Maromero Páez,  el primer mexicano con contrato HBO, cuatro campeonatos  mundiales, 52 knockouts y hoy en una camper en Las Vegas predicando de puerta en puerta. Si esta historia te movió

algo, si ahora ves al Mar Homero diferente a como lo veías al principio, ayúdame con un like y una suscripción. La próxima semana, Rubén el Púa Solivares, el hombre que vino antes que el Maromero, el que estableció lo que era posible para el boxeo mexicano y que también terminó vendiendo sus cinturones en un mercado.

Dos historias,  un mismo patrón y una pregunta que México todavía no ha respondido  bien. Nos vemos ahí. M.

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