SU PROPIA HIJA HABRÍA PAGADO A UN AMIGO PARA ASESlNARL4… TODO POR UN NOVIO | Caso Ingrid Barrera
Imagínate que una adolescente regrese a su casa y encuentre a su madre sin vida. Llame desesperada a la policía y asegure que no tiene idea de quién pudo hacerlo. Pero lo que nadie imagina es que la verdad está oculta dentro de un teléfono celular. Al principio, todo apunta a que un desconocido entró por una ventana y escapó sin dejar rastro.
Sin embargo, un testigo asegura haber visto a un joven salir de la vivienda con el rostro cubierto de sangre. Los detectives comienzan a revisar los teléfonos de quienes parecían ser simples testigos y descubren conversaciones que jamás debieron existir. Un plan, un precio, una ventana que debía quedar abierta y una promesa de pago que cambiaría por completo el rumbo de la investigación.
Al analizar el celular de de la hija, descubrimos que el plan comenzó días antes. Los mensajes eh con su novio revelaban que ya habían contactado al ejecutor. En apenas 48 horas, el caso da un giro tan inesperado que conmociona a todo Chile. Relatos criminales. El caso de Ingrid Barrera. Un crimen que parecía cometido por un extraño, pero que terminó revelando una conspiración imposible de imaginar.
En junio de 2026, Ingrid del Carmen Barrera Rantul tenía 53 años y era ampliamente conocida en la ciudad de Longcoche en la región de la Araucanía, Chile. Quienes la conocían la describían como una mujer trabajadora, esforzada y profundamente comprometida con su iglesia. Era madre de tres hijos. Durante años había sacado adelante a su familia mientras enfrentaba una vida marcada por constantes dificultades personales.
Aunque llevaba tiempo divorciada de José Coronado Muñoz, ambos continuaban viviendo en la misma casa ubicada en la calle República. No habían retomado su relación, simplemente compartían la vivienda por razones económicas y laborales. Cada uno llevaba una vida prácticamente independiente dentro del mismo hogar.
Los dos hijos mayores ya se habían marchado de la casa. Con el paso del tiempo decidieron independizarse para alejarse de un ambiente familiar que, según relatarían posteriormente, estaba marcado por constantes conflictos, severos castigos físicos y maltratos psicológicos. La única que permanecía viviendo con Ingrid era su hija menor, una adolescente de 17 años, cuya identidad permanece reservada por la legislación chilena.
Según reconstruiría posteriormente la investigación, la convivencia entre ambas se había deteriorado profundamente. La joven pasaba gran parte del tiempo encerrada en su habitación para evitar las discusiones con su madre. Con el paso de los meses, el resentimiento fue creciendo. La situación empeoró cuando la adolescente comenzó una relación sentimental con otro estudiante de 17 años del mismo liceo.
Ingrid desaprobaba completamente ese noviazgo. Consideraba que el joven era una mala influencia para su hija e intentó poner fin a la relación. Aquella decisión provocó constantes enfrentamientos entre ambas. A ello se sumó otro motivo de tensión. La adolescente tampoco aceptaba que su madre estuviera intentando rehacer su vida sentimental con una nueva pareja.
Las discusiones se hicieron cada vez más frecuentes y la distancia entre madre e hija parecía ya imposible de reparar. Nadie imaginaba que detrás de ese conflicto familiar comenzaba a gestarse una decisión que terminaría conmocionando a todo Chile. Este caso conmocionó a Chile por involucrar a la hija de la víctima.
Para las autoridades evidencia una grave fractura familiar y la urgencia de prevenir la violencia entre Con el paso de las semanas, la relación entre Ingrid y su hija llegó a un punto sin retorno. Según establecería posteriormente la investigación, la adolescente y su novio comenzaron a convencerse de que la única forma de continuar su relación era eliminando a Ingrid.
Pero había un problema. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ejecutar el crimen. Fue entonces cuando decidieron involucrar a un tercer adolescente. Se trataba de un compañero de curso de ambos, también de 17 años. Los tres estudiaban en el mismo liceo de Longcoche. De acuerdo con la fiscalía, la pareja le ofreció al joven la suma de 60.
000 pesos chilenos para cometer el asesinato. Como no disponían del dinero en ese momento, acordaron que el pago se realizaría posteriormente, incluso en cuotas. Días antes del ataque, el novio llevó al futuro agresor hasta las inmediaciones de la vivienda ubicada en la calle República. Le mostró los accesos, le explicó cómo ingresar y coordinaron cuidadosamente la forma en que todo debía ocurrir.
La mañana del lunes 15 de junio de 2026 comenzó exactamente como habían previsto. Muy temprano, José Coronado salió de la casa para dirigirse a su trabajo en otra comuna. Dentro del inmueble solo quedaron Ingrid y su hija menor. Poco después, la adolescente cumplió el papel que le correspondía dentro del plan.
Antes de salir de la vivienda, dejó una de las ventanas abierta, permitiendo que alguien pudiera ingresar sin necesidad de forzar puertas o cerraduras. Luego abandonó la casa para reunirse con su novio. Durante varias horas caminaron por distintos sectores de Longcoche. La intención, según la investigación, era que varias personas los vieran juntos y posteriormente pudieran confirmar que ambos estaban lejos del lugar.
Mientras tanto, Ingrid permanecía completamente sola en la vivienda. Minutos después, el tercer adolescente llegó hasta la casa. ingresó por la ventana que había quedado abierta y encontró a Ingrid completamente indefensa. Según la investigación, el ataque fue de una violencia extrema. La mujer sufrió múltiples heridas durante la agresión.
Los peritajes también documentaron diversas fracturas compatibles con la intensidad del ataque. Tras los hechos, el joven abandonó la vivienda. Sin embargo, cometió un error que terminaría siendo decisivo. Salió a la calle con manchas visibles de sangre en el rostro y parte de su ropa. Aún así, caminó hasta su casa, se cambió de ropa y, como si nada hubiera ocurrido, asistió al liceo para continuar con sus clases.
Mientras tanto, la siguiente parte del plan estaba a punto de comenzar. Eh, al ingresar a la vivienda encontramos una escena de extrema violencia. Eh, Ingrid Barrera estaba atendida en el área común con múltiples lesiones y claros signos de que intentó. Cerca del mediodía del lunes 15 de junio de 2026, la adolescente y su novio regresaron caminando hasta la vivienda de la calle República.
Según la investigación, ambos asumían que el plan ya había sido ejecutado. Al ingresar a la casa, comenzaron a actuar, fingieron sorpresa, simularon desesperación y llamaron de inmediato a los servicios de emergencia, asegurando que acababan de encontrar a Ingrid sin vida. En un primer momento todo parecía respaldar su versión.
La principal hipótesis era que un desconocido había ingresado por una ventana y cometido el crimen mientras la joven se encontraba fuera de la vivienda. Sin embargo, los detectives de la Brigada de Homicidios de la Policía de Investigaciones comenzaron a revisar cada detalle y muy pronto aparecieron las primeras inconsistencias.
Varios vecinos declararon haber visto a un adolescente salir de la vivienda aquella misma mañana. Lo que más llamó la atención fue que llevaba rastros biológicos visibles en el rostro y en parte de su ropa. Todos coincidían en una descripción física que apuntaba hacia el mismo joven. Mientras tanto, los investigadores entrevistaron por separado a la hija de Ingrid y a su novio.
Les pidieron que explicaran dónde habían estado durante toda la mañana, qué lugares habían recorrido, a qué hora habían salido y a qué hora habían regresado. Las respuestas no coincidían. Ambos comenzaron a contradecirse una y otra vez. Aquellas diferencias despertaron las sospechas de los detectives, pero la prueba definitiva todavía estaba por aparecer.
Por orden del Ministerio Público, la PDI incautó los teléfonos celulares de la adolescente y de su novio. Los especialistas en informática forense iniciaron el análisis de los dispositivos. Lo que encontraron cambió por completo el rombo del caso. Los chats recuperados mostraban conversaciones previas al crimen.
En ellos hablaban de cómo ingresar a la vivienda. Indicaban que una ventana debía quedar abierta. Comentaban los movimientos dentro de la casa y también aparecía la promesa de entregar 60,000 pesos chilenos, unos $67 al tercer adolescente, incluso pagando el dinero en cuotas. Toda la planificación había quedado registrada en sus propios teléfonos.
Con esas pruebas sobre la mesa, el plan que parecía perfecto terminó derrumbándose en apenas 48 horas. Los tres adolescentes comprendieron que ya no había forma de seguir negándolo. Al analizar el celular de la hija, descubrimos que el plan comenzó días antes. Los mensajes con su novio revelaban que ya habían contactado al ejecutor.
48 horas después del crimen, la investigación había dado un giro completo. los testimonios de los vecinos, las contradicciones en los interrogatorios y, sobre todo, las conversaciones recuperadas de los teléfonos celulares dejaban a los tres adolescentes sin margen para sostener su versión. Finalmente, los tres confesaron.
Relataron de manera detallada cómo habían planificado el homicidio y cuál había sido la participación de cada uno. La brigada de homicidios de la Policía de Investigaciones procedió de inmediato a detenerlos. La noticia causó un profundo impacto en Long Coche, pero el momento más doloroso para la familia ocurrió durante el velorio de Ingrid Barrera.
Fue allí donde los familiares comenzaron a enterarse de que la principal imputada por el crimen era precisamente su hija menor. La conmoción fue absoluta. Su hija mayor, Catherine Barrera, manifestó públicamente el profundo dolor y el estado de shock en que había quedado toda la familia tras conocer la verdad. Sin embargo, las declaraciones que más polémica generaron fueron las del exesposo de Ingrid y padre de la adolescente.
José Coronado no solo defendió públicamente a su hija, también aseguró que si tuviera los medios para hacerlo, la sacaría de inmediato del centro de internación. La llamó cariñosamente mi princesa y afirmó que la joven había colapsado tras años de conflictos familiares, llegando incluso a señalar que el vaso se rebalsó.
La guerra de mi esposa castigaba a mi hijo chico, el primero, después siguió con el segundo, después con mi hija, hasta último cuando tenía su pololo, ella le dijo que era mucho pololo para ella. Ella le gritaba siempre, yo me iba a trabajar y mi hija se encerraba todo el tiempo, se encerraba en la pieza. Es el amor de mi vida, mi princesa.
No tengo palabra al contrario. Si yo un día la podría sacar de ahí, yo tuuviera toda la plata del mundo para sacarla, la secaría. No justifica lo que hizo. No. Sus palabras provocaron un intenso debate en todo Chile. Mientras algunos las interpretaron como el intento desesperado de un padre por proteger a su hija, otros consideraron que significaban una justificación injustificable para un crimen de extrema violencia.
Posteriormente, la fiscalía formalizó la investigación. La hija de Ingrid fue imputada por el delito de parricidio en calidad de autora e intelectual. Su novio quedó imputado por homicidio calificado como coautor intelectual y el tercer adolescente fue formalizado por homicidio calificado como autor material del asesinato.
Debido a que los tres tenían 17 años al momento de los hechos, el proceso quedó sujeto a la ley de responsabilidad penal adolescente de Chile. Esto significa que aún tratándose de un crimen de esta magnitud, la pena máxima que podrían recibir es de 10 años de internación en régimen cerrado con programas de reinserción.
Mientras continúa el proceso judicial, los tres permanecen bajo la medida cautelar de internación provisoria a la espera del juicio que definirá sus responsabilidades. Un caso que comenzó con la aparente errupción de un desconocido en una vivienda terminó revelando una conspiración cuidadosamente planificada entre tres adolescentes.
El caso de Ingrid Barrera conmocionó a Chile por una razón difícil de comprender. No fue un crimen cometido durante un robo ni un ataque impulsivo. Según la investigación, fue un homicidio planificado durante días, donde cada participante tenía una función específica, preparar la entrada, construir una coartada y ejecutar el ataque.
Sin embargo, el plan comenzó a derrumbarse casi de inmediato. Un testigo observó al agresor salir de la vivienda con el rostro ensangrentado y los teléfonos celulares conservaron conversaciones que revelaban cada detalle de la planificación, incluida la promesa de pagar 60,000 pesos chilenos incluso en cuotas.
Hoy los tres adolescentes permanecen sometidos a proceso bajo la ley de responsabilidad penal adolescente de Chile, mientras la justicia determina sus responsabilidades. Para la familia de Ingrid, nada podrá reparar una pérdida que cambió sus vidas para siempre. Somos Relatos Criminales. Suscríbete y comenta.
Y después de conocer esta historia, quiero preguntarte, ¿crees que una pena máxima de 10 años es suficiente para un crimen que según la fiscalía, fue planificado con tanta frialdad? Te leo en los comentarios. Gracias por acompañarnos hasta el final de esta investigación. Suscríbete para el próximo documental.