A los 12 años, Arias Tascón ya era raponero, no de los que atacan a viejitas en el parque. Era ágil, calculador, sabía cuándo actuar y cuándo no. Tenía el instinto del que ya entendió que el mundo no le iba a dar nada gratis. Para los 14 años ya era pandillero. Medellín en esa época estaba fragmentada en combos y bandas que se disputaban esquinas, rutas, territorios simbólicos.
Las peleas eran a punta de cuchillo, piedra y cuando había plata con pistola. En ese entorno, los adolescentes aprendían rápido que la única moneda que valía era el miedo que uno producía. Y John Jairo lo aprendió bien. Tenía algo que pocos de sus contemporáneos tenían. Sangre fría, no se ponía nervioso, no le temblaba el pulso.
Eso en esas calles era como tener un don. A los 15 años cometió sus primeros trabajos como sicario. Fue encarcelado en Medellín por cargos de robo y delincuencia en las comunas, pero salió a los pocos meses. La prisión no lo reformó ni lo asustó, al contrario, le dio algo más valioso, una red de contactos en las entrañas mismas de los barrios más calientes de la ciudad.

Conocía gente, sabía quién era quién. Y eso en el Medellín de finales de los 70 y comienzos de los 80, donde el cartel de Medellín comenzaba a construir su ejército, era exactamente lo que Pablo Escobar necesitaba. Había algo más en Arias Tascón que llamaba la atención de quienes lo conocían de cerca.
Para ser tan joven, tenía una madurez inusual, no bochinchero, no fanfarrón, silencioso. Observaba más de lo que hablaba. Y cuando hablaba era para decir algo que importaba. Ese silencio era en parte forzado. Su voz era aguda, casi de niño, y los comentarios y las burlas de sus compinches lo habían enseñado que era mejor callarse.
Pero ese silencio obligado terminó convirtiéndose en una de sus mayores ventajas. Nadie sabía lo que pensaba hasta que ya era demasiado tarde. Los que lo conocieron de esa época en Lobaína recuerdan a un pelado que pasaba sin pena por los callejones, que sabía el nombre de cada persona en su cuadra, que tenía el mapa de la ciudad grabado en la cabeza.
Esa inteligencia territorial, ese conocimiento íntimo de las comunas de Medellín fue lo que lo haría indispensable para el cartel. Primero como reclutador, luego como ejecutor, finalmente como el hombre al que Pablo Escobar le confiaba sus secretos más oscuros, el robo que cambió su vida el día que Pablo Escobar lo notó.
En el Medellín de finales de los años 70, el cementerio San Pedro era uno de los parques más concurridos y, curiosamente, uno de los puntos preferidos por las pandillas juveniles para hacer sus fechorías. El cementerio, fundado en 1842 y ubicado en el sector de Aranjuz, era un lugar donde la gente iba a visitar tumbas ilustres, a caminar entre mausoleos de mármol y capillas de estilo europeo y donde los fines de semana los carros de personas relativamente pudientes se parqueaban sin demasiada vigilancia.
Para los pelados de las comunas eso era una invitación. John Jairo Arias Tascón ya tenía experiencia en este tipo de operaciones. Había aprendido a moverse rápido, a leer los ambientes, a identificar cuando una zona estaba sin vigilancia y cuándo convenía salir corriendo.
La operación en sí misma era simple. Buscar un carro con algo de valor visible, romper el vidrio o forzar la cerradura, sacar lo que hubiera adentro y desaparecer antes de que alguien reaccionara. Esa tarde el objetivo fue un reproductor de música instalado en un vehículo que estaba estacionado en las inmediaciones del parque del cementerio.
Lo sacaron, se fueron. Una operación más entre decenas que habría caído en el olvido absoluto de no ser por un solo detalle. Ese carro pertenecía a Pablo Emilio Escobar Gaviria. Para contextualizar lo que significó ese momento, hay que entender quién era Escobar en ese entonces.
No era todavía el narcotraficante más buscado del mundo, pero sí era un hombre de poder ascendente y notorio en los bajos fondos de Medellín. Había empezado como ladrón de poca monta, había traficado con contrabando y había pasado a algo mucho más rentable y peligroso, el negocio de la cocaína. Para finales de los 70, junto a figuras como los hermanos Ochoa y Carlos Leder, estaba construyendo lo que sería el cartel más poderoso de la historia colombiana.
En ese contexto, que alguien le robara a Escobar no era solo un delito, era un insulto, un desafío a su autoridad. La reacción de Escobar podría haber sido predecible y brutal, encontrar al ladrón, ajusticiarlo y mandar un mensaje claro. Pero no fue eso lo que ocurrió. Escobar ordenó a sus hombres que encontraran al muchacho. Sí, pero no para matarlo.
Quería conocerlo. Quería ver a la persona que había tenido el descaro de robarle en plena calle, sin saber o sin importarle a quién le pertenecía el carro. Eso para Escobar era una señal de algo que él valoraba enormemente. Coraje sin límite. Lo encontraron. Era un muchacho flaco, de cara aniñada, voz aguda, que no daba para nada la imagen de un hombre capaz de actuar con tanta frialdad.
Pero Escobar no miraba la apariencia, miraba lo que alguien había hecho, cómo lo había hecho y si tenía el perfil para hacer cosas más grandes. John Jairo, Arias Tascón, encajó a la perfección en ese perfil. Escobar lo contrató de inmediato, lo que comenzó como una incorporación más, terminó siendo algo distinto.
Pinina no entró al cartel como un sicario más en 300. Entró por la puerta directa al círculo del patrón. Y hay una razón para eso que va más allá del episodio del robo. Tenía algo que muy pocos de los hombres del cartel tenían. Conocía las comunas de Medellín desde adentro. Había crecido en ellas.
Había delinquido en ellas. Sabía cuáles eran los muchachos con potencial, cuáles eran las rutas de escape, cuáles eran los vecindarios donde nadie hablaba con la policía. Ese conocimiento era para Escobar un activo estratégico invaluable. El cartel en formación necesitaba reclutar, necesitaba encontrar a los pelados que pudieran convertirse en el ejército que Escobar estaba armando con visión de largo plazo.
Y nadie mejor que Arias Tascón para hacer esa tarea. Conocía a la gente, la gente lo conocía a él. Sabía qué decirle a un muchacho de 16 años que estaba parado en una esquina sin futuro visible para convencerlo de que la vida en el cartel era su única oportunidad real de salir de la pobreza.
Ese proceso de incorporación de Pinina al círculo más íntimo de Escobar fue gradual pero irreversible. Primero como colaborador en tareas de reclutamiento, luego como ejecutor de trabajos que requerían discreción y precisión, luego como guardaespaldas personal. Y finalmente como el hombre al que Escobar le confiaba lo que no le confiaba a nadie más.
Victoria Genao lo registra con precisión en sus memorias. A medida que crecía la fortuna de Escobar y la amenaza sobre su vida se volvía real y constante, necesitaba hombres de absoluta confianza a su alrededor. El primero que contrató fue Pinina. Antes del Chopo, antes de la Yuca, antes de Pasquín, Pinina fue la primera línea de protección personal de Pablo Escobar y eso marcó toda la naturaleza de la relación entre los dos hombres.
No era simplemente jefe y empleado, era algo más parecido a lo que en los pueblos de Antioquia se llama un hombre de una sola palabra, alguien con quien el patrón podía contar en cualquier circunstancia, a cualquier hora, sin necesidad de explicaciones ni garantías adicionales. El robo de un radio de carro en el parque de un cementerio fue la bisagra que conectó el mundo de las comunas de Lobain con el mundo del cartel de Medellín.
Un gesto insignificante que resultó ser el inicio de una de las alianzas más letales y más determinantes en la historia del narcotráfico colombiano. El apodo que odiaba la historia detrás del nombre hay en la historia del narcotráfico colombiano. Docenas de apodos. Popelle, el Chopo, Tyson, la Kika, el mugre, el arete.
Cada uno tiene su historia, su lógica, su razón de ser, pero ningún apodo tiene una historia tan irónica, tan paradójica como el de Pinina. En 1973, la televisión argentina transmitía una telenovela llamada Papá Corazón, escrita por Abel Santa Cruz. Era una historia melodramática del tipo que hacía llorar a las abuelas y les encantaba a las niñas.
En esa novela actuaba una pequeña actriz llamada Andrea del Boca, que para la época tenía solo unos años de vida. Su personaje se llamaba Pinina, una nena inocente de cara redonda, ojos grandes, voz aguda. La imagen misma de la ternura infantil cuando los compinches de John Gairo, Arias Tascón empezaron a fijarse en que su cara era parecida a la de esa niña argentina.
En que su voz chillona era imposible de ignorar, el apodo surgió solo. Pinina. Algunos también le decían Andrea, en referencia directa a la actriz, él se encabronaba. No era poca cosa. Aquí era un sicario que ya había demostrado que podía matar sin chistar y sus propios camaradas lo llamaban con el nombre de una nena de telenovela argentina.
Pero el apodo pegó y pegó para siempre. En los archivos del DAS, en los registros de la Policía Nacional, en los expedientes judiciales, en los testimonios de sobrevivientes y cómplices, siempre Pinina. También le decían el monito o el 100. Pero esos apodos fueron secundarios. El principal, el que quedó en la historia, fue Pinina.
La ironía es que ese apodo terminó describiendo exactamente lo que lo hacía tan peligroso, su apariencia de inocencia. medía 1, 60 y 4 m. Era delgado, de facciones suaves. No parecía el tipo de hombre capaz de ordenar decenas de asesinatos y esa era su ventaja. Nadie lo veía como una amenaza hasta que era demasiado tarde.
En el mundo del sicariato, donde la sorpresa lo es todo, parecer inofensivo es una de las armas más poderosas que existen. Un detalle que lo describe perfectamente. No consumía cocaína. En un cartel donde la droga circulaba como agua, donde la mayoría de los sicarios caían en el consumo tarde o temprano, Arias Tascón mantenía la cabeza fría, como escobar, que tampoco consumía, sí bebía, le gustaba el coñac y solía llevar una petaca en el bolsillo del chaleco, pero nada que le nublara el juicio, nada que
interfiriera con su capacidad de operar con precisión, no hablaba más de lo necesario. Esta voz aguda que tanto le molestaba lo había enseñado a comunicarse de otra manera, a través de la acción, a través de la presencia, a través de ese silencio tenso que antecede a las cosas graves. Quienes lo conocieron de cerca hablan de un hombre que podía estar en una habitación y sentirse como si no estuviera hasta que de pronto uno se daba cuenta de que no había perdido detalle de nada.
Parce, lo que acabas de ver es solo el comienzo. En este video vamos a hablar del hombre que organizó el primer magnicidio del cartel de Medellín, el que estuvo presente en todos los atentados que sacudieron a Colombia en los años 80, el único sicario al que Pablo Escobar le confiaba no solo los trabajos más peligrosos, sino también la seguridad de su propia familia.
Y también vamos a contar cómo ese hombre murió en un apartamento del poblado con su esposa de 19 años. y su bebé de 6 meses. Quédate porque esto se pone bueno. Dentro del círculo, el primero en llegar, el último en salir. Para comprender la naturaleza exacta del vínculo entre Pinina y Pablo Escobar, es necesario entender cómo funcionaba el cartel desde adentro, porque esa estructura interna revela por qué Arias Tascón llegó a ser tan indispensable.
El cartel de Medellín, que comenzó a consolidarse a finales de los 70 y adquirió su forma definitiva en los primeros años 80, no era una organización plana. Tenía una jerarquía clara. En la cúpula estaban Escobar y sus socios fundadores, los hermanos Ochoa, Jorge Luis, Juan David y Fabio, que aportaban la red de distribución y los contactos internacionales.
Carlos Leder, que manejaba las rutas y tenía acceso a los mercados norteamericanos, y Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el mexicano, que era el hombre de la violencia organizada en los primeros años del cartel. Debajo de ellos, una capa de colaboradores directos que traducían las decisiones de esa cúpula en acción concreta.
Y en esa capa, Pinina era el primero. Su posición era la de quinto en importancia dentro de la estructura del cartel, según las investigaciones del DAS y de la Policía Nacional Colombiana. Pero esa cifra no dice todo, porque en términos de control sobre el aparato militar, de acceso al patrón y de poder real sobre las operaciones cotidianas del cartel, su posición era más determinante de lo que el número sugiere.
Escobar confiaba en Pinina con algo que no confiaba fácilmente en nadie más, su propia vida y la de su familia. La naturaleza de esa confianza quedó documentada en múltiples testimonios. El propio Popelle, que era también uno de los hombres cercanos a Escobar, lo reconoció de manera explícita. Pinina era el elegido por el patrón para reemplazarlo al frente del cartel y para proteger a su familia si él caía.
Eso significa que en el plan de contingencia de Pablo Escobar, la persona que debía preservar la organización, proteger a Victoria Enao y a sus hijos y mantener el control sobre los sicarios, no era Rodríguez Gacha, no eran los Ochoa, no era Popelle, era Pinina, el muchacho de Lobainá con la voz aguda y la cara de niño.
Para entender la profundidad de esa confianza, hay que ver cómo se materializaba en la práctica. Cuando Escobar necesitaba moverse clandestinamente, cuando estaba huyendo o negociando desde las sombras, era Pinina quien servía de enlace con Victoria Genao. Los mensajes entre el patrón y su familia pasaban por Pinina.
Cuando había que comunicarle a la esposa que Pablo estaba bien o que había un problema o que debía moverse, el mensajero era Pinina. Cuando Juan Pablo, el hijo de Escobar, era niño y necesitaba un compañero para sus actividades, era Pinina quien aparecía. Escobar le regaló a Juan Pablo una motocicleta Honda de 50 cm c. Como no había quien le enseñara a manejarla con la seguridad requerida, recordemos que la familia vivía bajo amenaza constante.
Escobar ordenó a Pinina que viajara desde Medellín para estar con el niño. El sicario más poderoso del cartel se ponía ropa de deporte blanca, salía a trotar por las mañanas como si fuera un vecino más del sector y vigilaba mientras Juan Pablo hacía sus primeros intentos con la moto. Esa imagen es parte de la paradoja permanente de Pinina.
El hombre que organizaba magnicidios era también el que cuidaba a un niño aprendiendo a manejar. El 21 de febrero de 1988 esa paradoja quedó expuesta de manera dramática. Juan Pablo participaba en una competencia de velocidad en moto en el complejo deportivo de Bello Niikia al norte de Medellín.
El ambiente era festivo, la pista llena de aficionados. En un momento de la competencia, varias camionetas se atravesaron en la pista de manera repentina y desconcertante. De una de ellas bajó el propio Pablo Escobar, que se acercó a su hijo con urgencia. Le dijo que se había enterado de que había un plan para secuestrarlo.
Le pidió que estuviera tranquilo y luego le encomendó su cuidado a Pinina y a otros hombres mientras él gestionaba la situación. Ese episodio muestra en qué nivel operaba Pinina dentro de la familia Escobar. No era un empleado al que se le daba una orden y se esperaba el cumplimiento.
Era alguien a quien Pablo le confiaba lo más preciado que tenía, su hijo. Eso no se hace con cualquier persona. Pero la confianza de Escobar en Pinina no era solo emocional ni familiar. Tenía una base operativa muy concreta. Arias Tascón era el jefe del aparato de sicarios del cartel. A sus, cuando murió, tenía bajo su mando directo a cerca de 2,000 hombres activos en Medellín, 2,000 sicarios, una cifra que supera a muchos ejércitos convencionales de países pequeños.
Y esos 2000 hombres no eran una masa anónima, eran una red estructurada con células, con cadenas de mando, con mecanismos de reclutamiento y entrenamiento que Pinina había construido pacientemente desde su conocimiento íntimo de las comunas. Fue Pinina quien introdujo a Juan Jairo Velázquez Vázquez, alias Popelle ante Pablo Escobar.
Eso es un dato que pocas veces se menciona cuando se habla del cartel, pero que revela la dimensión de su poder. De facto, si Popeelle, uno de los sicarios más conocidos de la historia del narcotráfico colombiano, pudo entrar al círculo del patrón, fue porque Pinina lo avaló. La puerta de acceso al cartel para una generación entera de sicarios pasó por John Jairo Arias Tascón.
Adicional a todo eso, Pinina no consumía cocaína. En un entorno donde la droga circulaba con libertad, donde muchos de los hombres del cartel caían en el consumo, él mantenía la cabeza completamente despejada, como el propio Escobar. Esa lucidez permanente lo hacía más confiable, más calculador, más preciso.
Podía evaluar situaciones sin el sesgo que produce la adicción. Podía tomar decisiones frías cuando otros estarían nublados. Y eso en el negocio en el que operaba era una ventaja enorme. El único vicio documentado era el coñac, que llevaba siempre en una petaca en el bolsillo del chaleco.
Y su afición al fútbol, según fuentes que lo conocieron, era hincha del Independiente de Medellín, como el propio Escobar. Esos pequeños detalles de humanidad conviven de manera incómoda, pero real, con la imagen del hombre que financió el primer magnicidio del cartel y organizó atentados que mataron a cientos de personas.
El cuadro completo de quién era Pinina dentro del círculo de Escobar es el de un hombre que llenó un vacío que nadie más podía llenar. El vacío entre el patrón y su ejército. Escobar pensaba la estrategia. Pinina la convertía en operación. Escobar tomaba las decisiones grandes. Pinina tomaba las decisiones de implementación y Escobar dormía tranquilo porque sabía que si algo le pasaba a él, Pinina estaría ahí para proteger a su familia.
Esa es la definición de el hombre al que Pablo Escobar le confesaba plenamente. La banda de los Priscos, el brazo armado del terror para entender la magnitud de lo que Pinina construyó. Hay que hablar de los Priscos. El grupo tomó su nombre de los hermanos Prisco Lopera, Armando Alberto, Eneas, José Rodolfo y David Ricardo, cuatro hermanos del barrio Aranjuz de Medellín que se habían convertido en el ala armada más feroz del cartel de Medellín.
Pero el líder de facto de esa organización, el que la articulaba con el cartel, el que le daba su verdadera jerarquía era John Jairo, Arias Tascón, alias Pinina. Los Priscos no eran una banda cualquiera. En su momento de mayor poder, llegaron a tener más de 300 sicarios activos con operaciones en Medellín, Bogotá y otras ciudades del país.
Se especializaban en asesinatos selectivos, atentados con explosivos, secuestros de alto perfil y todo lo que el cartel necesitara para su guerra contra el estado colombiano. Su cuartel informal estaba en Aranjuz, pero sus tentáculos llegaban a todas las comunas de Medellín. Arias Tascón fue el puente entre esa organización y Pablo Escobar.
Su conocimiento de las comunas le permitía reclutar constantemente, identificar a los muchachos con aptitudes para el sicariato, integrarlos, entrenarlos y desplegarlos cuando fuera necesario. Era un operador humano de primer nivel en el sentido más oscuro posible de la expresión.
La mano derecha de Pinina dentro de esa estructura era Fabián Tamayo, alias Chiruza. Este hombre controlaba el barrio Guayabal en el suroriente de Medellín y era el pagador de los soldados y policías que estaban al servicio del cartel. Giriruza manejaba también la seguridad de los capos de Cali cuando estos se desplazaban a Medellín hasta que estalló la guerra entre los dos carteles y se cambió definitivamente al bando de Escobar.
Fue asesinado por pistoleros del cartel de Cali en 1988. La primera gran operación que consolidó a los Priscos como fuerza de choque del cartel fue también la que lanzó a Pinina a la primera línea de la historia criminal de Colombia, el asesinato del ministro de justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Para entender por qué ese crimen fue un punto de inflexión, hay que retroceder un poco.
La noche del 30 de abril de 1980 y cuatro el primer magnicidio. Rodrigo Lara Bonilla tenía 37 años y había dedicado su vida pública a algo que en la Colombia de 1984 era casi suicida. Decirle la verdad al poder. Nacido en Neiva el 11 de agosto de 1946. Había sido alcalde de su ciudad natal a los 22 años, luego concejal, diputado, senador y cofundador, junto a Luis Carlos Galán del nuevo liberalismo, una corriente disidente del Partido Liberal que prometía hacer exactamente lo que ningún otro
partido se atrevía a hacer, denunciar los vínculos del Estado con el narcotráfico. Desde agosto de 1983, cuando el presidente Belisario Betancur lo nombró ministro de justicia, Lara Bonilla convirtió su despacho en una trinchera antinarcóticos. Denunció públicamente los antecedentes judiciales de Pablo Escobar Gaviria por tráfico de estupefacientes.
Logró expulsar a Escobar del Congreso de la República, donde este ocupaba un escaño como representante suplente por Antioquia. Ventilo ante la opinión pública los mecanismos mediante los cuales el dinero del narcotráfico había penetrado el fútbol profesional colombiano, la política, el sector salud, los medios de comunicación, pero el golpe que ni Escobar ni sus socios le perdonaron fue la operación Tranquilandia.
En marzo de 1984, Lara coordinó con la DEA estadounidense y con el coronel Jaime Ramírez Gómez de la Policía Nacional, un operativo que desmanteló un complejo de producción de cocaína ubicado en los campos del Yarí en el departamento del Caquetá. Tranquilandia no era un simple laboratorio, era una infraestructura industrial de procesamiento de droga que incluía varias avionetas, helicópteros, instalaciones de producción y toneladas de cocaína lista para ser exportada.
Su descubrimiento fue un golpe económico y simbólico devastador para el cartel. Escobar decidió que Lara tenía que morir. La mañana del 30 de abril de 1984, el ministro recibió una llamada desde los mandos militares. Le advertían que había un plan para asesinarlo y que debía cambiar su rutina.
Lara Bonilla pasó el día trabajando, haciendo lo que hacía todos los días, aunque sabiendo que era un objetivo marcado. Esa conciencia del peligro lo acompañaba desde hacía meses. Era el primer gran enemigo del cartel que había sobrevivido lo suficiente para denunciar todo lo que sabía y los narcos no lo iban a dejar seguir mucho más tiempo.
A las 6:50 de la tarde, Lara salió de sus oficinas y se montó en su vehículo, un Mercedes-Benz V123 blanco, placa FD 5880 y 3. El carro no estaba blindado, se dirigía hacia su casa en el barrio recreo de los Frailes, al norte de Bogotá. iba acompañado de dos escoltas que viajaban en el mismo vehículo.
La operación que Pinina había organizado estaba en marcha desde días antes. Dos sicarios habían viajado desde Medellín, específicamente para ejecutar el crimen. El ejecutor material era Iván Darío Guisado Álvarez, integrante de los Priscos, un joven del bajo mundo antioqueño que ese día iba a hacer historia en la manera más oscura posible.
conducía la motocicleta Byron de Jesús Velázquez, alias Quesito, un adolescente de 17 años. Habían hecho seguimientos previos al ministro para conocer su ruta y sus horarios. A la altura de la calle 127 con la autopista norte en el sector norte de Bogotá, la motocicleta Yamaha DT 170 y Cinco C roja se acercó al Mercedes-Benz Blanco del Ministro a una velocidad que dejó poco tiempo de reacción.
Guisado, que viajaba como parrillero, sacó su arma y descargó el proveedor completo de una ametralladora contra la ventana del lado derecho del vehículo. Las ráfagas atravesaron el vidrio y alcanzaron al ministro múltiples veces. Lara Bonilla fue cambiado a otro vehículo en el lugar y trasladado de urgencia a la clínica Shao.
Fue declarado muerto minutos después de su llegada. Tenía 37 años. Había sido ministro de justicia durante menos de 9 meses. Lo que siguió inmediatamente fue una persecución policial a los sicarios. Guisado perdió el equilibrio en la moto, cayó y murió en el acto. Velázquez fue capturado. A cada sicario le habían ofrecido 2 millones de pesos por el trabajo con un adelanto de 20,000.
Quesito fue condenado inicialmente a 16 años de prisión, pero con reducciones solo pagó 10 años y 11 meses. Recuperó su libertad el 28 de marzo de 1995. El historiador Petrit Vaquero documentó en su obra ABC de la mafia que antes del asesinato de Lara Bonilla se creía casi impensable en Colombia que alguien atentara contra un ministro en ejercicio.
Con ese crimen, el cartel rompió un tabú y popularizó en el país tanto la palabra sicario como la modalidad de los asesinatos en motocicleta, que después se volvería tristemente característica de la violencia urbana colombiana. El papel de Pinina en todo esto fue determinante desde la logística inicial.
Fue él quien contrató y pagó a los sicarios. Fue él quien usó su red de contactos en las comunas de Medellín para movilizar a los hombres correctos, organizarles el viaje a Bogotá, el hospedaje, los recursos operativos. El historiador del crimen señala que entre los participantes de la planeación estuvieron también Germán Alfonso Díaz Quintana, alias el Ronco, que en Bogotá les organizó el hospedaje y que estaba listo como segundo sicario en caso de que el primer intento fallara.
El Ronco fue capturado el 4 de enero de 1985. Las consecuencias políticas del asesinato fueron inmediatas y profundas. El presidente Betancur convocó de urgencia a su gabinete, aprobó la extradición de colombianos a Estados Unidos, declaró el estado de sitio, militarizó las principales ciudades del país.
Los días siguientes, a la muerte de Lara, fueron de duelo nacional y de una sensación de que Colombia había cruzado un umbral del que no había retorno. Para Pinina, el asesinato de Lara Bonilla fue su consagración definitiva dentro del cartel. había ejecutado la operación más importante que el cartel había ordenado hasta entonces y lo había hecho con precisión.
La policía tardó años en establecer su papel central en ese crimen. Cuando lo hicieron, la figura de Arias Tascón ya era la del jefe de sicarios más poderoso del narcotráfico colombiano. En 2012, el asesinato de Lara Bonilla fue declarado crimen de lesa humanidad, lo que impide que la investigación prescriba.
Los archivos del crimen siguen abiertos. Solo dos personas pagaron cárcel por ese asesinato y ya están en libertad. Otros implicados fueron asesinados, al menos seis fueron exonerados. El arquitecto principal de la operación, John Jairo Arias Tascón, alias Pinina, murió con una bala policial en un sótano del poblado 6 años después.
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Pinina no era un hombre de un solo trabajo, era el operador continuo del terror que el cartel desató contra Colombia durante 6 años. Su nombre aparece vinculado, con evidencia documentada por las autoridades colombianas, a una lista de crímenes que resulta casi imposible de procesar en su magnitud. El 17 de diciembre de 1986, el coronel Jaime Ramírez Gómez, el mismo policía que había liderado la operación de Tranquilandia, fue asesinado en una carretera del Valle del Cauca cuando viajaba con su familia.
El coronel iba con su esposa y sus hijos cuando los sicarios los interceptaron. Murió con 46 impactos de bala. Los Priscos, bajo la coordinación de Pinina, estuvieron detrás de esa operación. Ese mismo año, el 17 de diciembre de 1986, fue asesinado Guillermo Cano Isaa, director del diario El espectador, el periódico que había publicado con más insistencia Los nexos de Escobar con el narcotráfico.

Cano salió de las oficinas del periódico en Bogotá y fue interceptado por sicarios. Lo mataron dentro de su carro frente a la sede del diario. Pinina estuvo implicado en ese crimen también. El 18 de enero de 1988, sicarios del cartel secuestraron al procurador general Carlos Mauro Hoyos en Rí Negro, Antioquia, cuando se dirigía al aeropuerto José María Córdoba.
El procurador Hoyos era el funcionario que con más fuerza apoyaba la extradición de narcotraficantes. Lo interceptaron en la autopista, mataron a sus escoltas y se lo llevaron. Horas después apareció muerto con un tiro en la cabeza. Pinina estuvo involucrado en la planeación de ese secuestro y asesinato. El 4 de julio de 1989, una motocicleta se acercó a la caravana del gobernador de Antioquia, Antonio Roldán Betancur, y detonó un carro bomba que lo mató junto con varios de sus escoltas.
El gobernador viajaba en ese momento hacia Medellín, desde el municipio de Copacabana. Los investigadores colombianos vincularon ese atentado a la estructura de Pinina. El 18 de noviembre de 1989, el coronel Valdemar Franklin Quintero, comandante de la policía de Antioquia, fue asesinado a tiros cuando salía de misa en el barrio Laureles de Medellín.
Pinina también fue señalado en ese crimen y luego vino lo que Colombia nunca olvidará. El 6 de diciembre de 1989, un camión cargado con más de 500 kg de dinamita explotó frente al edificio del Departamento Administrativo de Seguridad. El DAS. En Bogotá murieron 52 personas. Más de 600 resultaron heridas.
La explosión destruyó el edificio principal del DAS y dañó decenas de estructuras en el área. Pinina colaboró en la organización de ese atentado, uno de los más sangrientos que ha sufrido Colombia en tiempos de paz. El 27 de noviembre de 1989, a las 7:13 de la mañana, el vuelo 203 de Avianca despegó del aeropuerto El Dorado de Bogotá con destino a Cali.
A los 4 minutos de vuelo, cuando el avión sobrevolaba el municipio de Soacha en Cundinamarca, a unos 3000 m de altura, una bomba explotó en el fuselaje. El avión se desintegró en el aire. Los 107 pasajeros y los tres tripulantes murieron. No hubo sobrevivientes. Las investigaciones establecieron que el objetivo principal era César Gaviria, candidato presidencial que viajaba con frecuencia en ese vuelo, aunque ese día no abordó el avión.
Pinina fue señalado como uno de los responsables de ese atentado que mató a 110 personas inocentes. Hay además su implicación en la muerte del magistrado de la Corte Suprema de Justicia, Hernando Vaquero Borda, en 1986, en el atentado contra las instalaciones del diario El espectador, en 1989, cuando una bomba destruyó parte del edificio del periódico en Bogotá, en la muerte de decenas de policías en Medellín y en los hechos vinculados al asesinato del candidato presidencial, Luis Carlos Galán, en agosto de 1989,
cuando los sicarios del cartel lo acribillaron en plena tarima durante un acto político en Soacha. La suma de todo eso es escalofriante. El periodista y escritor Alonso Salazar, en su obra La parábola de Pablo documentó que Arias Tascón era para 1990, a sus 29 años probablemente el hombre que más asesinatos había ordenado en la historia criminal de Colombia hasta ese momento.
No el que más había ejecutado directamente, sino el que más había organizado, financiado y dirigido. Arce, si llegaste hasta aquí es porque esta historia te está gustando. Suscríbete al canal si no lo has hecho. Cada semana subimos historias como esta contadas con rigor y respeto. Sigue ahí. Capítulo B.
La mansión, el coñac y la doble vida cómo vivía Pinina. Hay una imagen que resulta difícil de conciliar. El mismo hombre que organizaba bombas y magnicidios se vestía de blanco por las mañanas, salía a trotar por las calles residenciales de Medellín y cuidaba a un niño que aprendía a manejar moto. Esa fue siempre la paradoja de Pinina.
Afuera, en el mundo del cartel, era el arquitecto del terror. Adentro, en su vida privada y en su relación con la familia Escobar, era otra cosa. Discreto, leal hasta el punto de la abnegación, silencioso en un mundo donde todo el mundo gritaba. El 12 de mayo de 1980 y 9 compró una mansión en el barrio El Poblado, uno de los sectores más exclusivos de Medellín.
Esa propiedad tenía discoteca en el tercer piso y era escenario de fiestas con las mujeres más reconocidas de la ciudad según registros históricos. El muchacho de Lovaina, que a los 12 años robaba radios de carros, se había convertido en un hombre con una propiedad millonaria en el barrio más costoso de la ciudad.
Pero la mansión escondía contradicciones. Era lujosa, sí, pero también era un lugar peligroso porque quien vivía ahí era uno de los hombres más buscados de Colombia con recompensa millonaria sobre su cabeza. Y Pinina lo sabía, por eso usaba identidades falsas. La Policía Nacional estableció después de su muerte que manejaba al menos cinco documentos de identidad distintos.
José Manuel Franco Navarro, Carlos Mejía Arias, Héctor Darío Varela Muñoz, Julio César Madero y Giovan Non Salazar Quiroz, que fue el que usó el día que lo mataron. Esa fragmentación de identidades dice mucho de cómo vivía. Siempre alerta, siempre con una salida preparada, nunca completamente relajado.
Incluso en su mansión del poblado con su discoteca privada y sus fiestas, siempre había una parte de él que estaba calculando, que estaba midiendo el riesgo, que sabía que en algún momento todo podía terminar. En ese apartamento conoció a Diana Gómez Moreno. Ella tenía 19 años. Él los últimos años de una vida que lo consumía desde adentro. se casaron.
En los meses anteriores a su muerte, Diana quedó embarazada. Cuando llegó el final, el bebé tenía apenas 6 meses. Había una persona más que lo conocía de cerca y cuyo testimonio es fundamental para entender a Pinina. John Jairo Velázquez Vázquez, alias Popelle, el sicario más mediático de Escobar, fallecido el 6 de febrero de 2020.
Popelle dijo en múltiples ocasiones que Pinina era el elegido por Pablo Escobar para reemplazarlo en el cartel y proteger a su familia en caso de que lo mataran. Eso no es un detalle menor. Significa que Escobar veía en Pinina no solo a su jefe de sicarios, sino a su sucesor, al hombre que podría ponerse al frente de toda esa estructura si el patrón caía.
Popelle también atribuyó a Pinina algo que pocas personas saben. Fue él quien lo presentó ante Pablo Escobar. Pinina fue el puente que llevó a Popelle al cartel. Si uno de los sicarios más conocidos de la historia del narcotráfico colombiano pudo entrar al círculo de Escobar, fue en parte porque Pinina lo avaló.
El coñac que llevaba siempre en la petaca del chaleco. La ropa blanca para trotar, el silencio calculado, la cara aniñada, los documentos falsos, la mansión en el poblado, el bebé de 6 meses. Todo eso era Pinina. Un hombre profundamente contradictorio, como lo son casi todos los que viven en los extremos, la traición, el cerco y la caída.
El 13 de junio de 1990, mientras Pinina vivía en su mansión del poblado y operaba desde las sombras, el cuerpo élite de la Policía Nacional lo tenía como prioridad máxima. Había una recompensa millonaria sobre su cabeza. Las autoridades sabían groso modo en qué parte de la ciudad estaba, pero encontrarlo con precisión en un mundo donde manejaba cinco identidades distintas y donde su red de lealtades en las comunas era casi impenetrable.
Era una tarea que había tomado meses. La ruptura llegó desde adentro, como siempre. Una persona que lo conocía de cerca, que tenía acceso a su rutina, a sus horarios, a los detalles de su vida cotidiana, decidió hablar con las autoridades. Esa persona era su empleada doméstica. La mujer reveló cuáles eran los momentos en que Pinina estaba en el apartamento, cuando estaba con su familia y cuando no había operativos del cartel que lo obligaran a moverse.
Con esa información, el cuerpo élite de la Policía Nacional montó el operativo. La mañana del jueves 13 de junio de 1990 fue un momento extraño en Colombia. El país estaba pegado a la televisión. La selección colombiana enfrentaba a Yugoslavia en el Mundial de Italia.
Eran las 10 de la mañana con 7 minutos cuando decenas de policías del cuerpo élite rodearon el edificio en el poblado donde vivía Pinina. Irrumpieron en el apartamento. Él estaba adentro con su esposa Diana Gómez Moreno, de 19 años y su bebé de 6 meses. Lo que siguió fue una secuencia de violencia extrema que terminó en menos de una hora.
Pinina intentó escapar. saltó por la ventana del tercer piso. La caída fue brutal. Se quebró el tobillo, el brazo derecho y sufrió lesiones en el cráneo. Cualquier persona hubiera quedado inmovilizada. Él no. Malherido, casi arrastrándose, llegó hasta el sótano del edificio. Pensó que podía llegar a uno de sus vehículos y huir, pero el estacionamiento estaba lleno de policías.
Volvió hacia arriba, subió al primer piso. Ahí lo encontró otro grupo del operativo. Le dieron la voz de alto. Pinina no se entregó. Con un tobillo roto, el brazo derecho destrozado y heridas en la cabeza, sacó la pistola que cargaba en el cinto y disparó. La respuesta fue una ráfaga de balas que lo alcanzó múltiples veces. Cayó y no se levantó.
Era las 2 de la tarde del 13 de junio de 1990. John Jairo Arias Tascón, alias Pinina tenía 29 años. Existen versiones distintas sobre cómo ocurrió exactamente su muerte. La versión oficial del cuerpo élite indicó que fue abatido en el primer piso del edificio después de resistirse al arresto.
Otra versión documentada por fuentes cercanas al cartel señala que Pinina fue sacado con violencia del apartamento, subido a un vehículo policial, llevado a una ubicación desconocida, torturado para que revelara el paradero de Pablo Escobar y finalmente asesinado al no confesar nada. Una tercera versión que atribuye el propio Pablo Escobar indica que fue ejecutado delante de su esposa Diana y de su bebé.
Lo que sí es claro es la respuesta del patrón. Escobar, al enterarse de la muerte de Pinina, entró en una furia que se tradujo en sangre. Mandó a matar a dos de sus propios hombres de confianza, convencido de que habían traicionado a Pinina cuando en realidad había sido la empleada doméstica. ordenó instalar un carro bomba en la comisaría del poblado, a pocas cuadras de donde vivía Pinina.
La bomba cargada con 80 kg de dinamita estalló horas después, dejando cuatro muertos, 90 heridos y daños materiales superiores a los 1000 millones de pesos. Y siguió con su política de pagar 2 millones de pesos por cada policía que sus sicarios mataran en las comunas de Medellín. El sobrino de Escobar, Nicolás, reveló años después que el patrón le había advertido a Pinina, 20 días antes de su muerte que se cambiara de apartamento.
Le dijo que sabía que alguien de ahí lo iba a vender a la policía. Pinina no le hizo caso. Escobar, que lo conocía como nadie, le dijo que no se hiciera el más rico del cementerio. La frase resultó profética. Si esta historia te llegó, compártela con alguien. No es fácil encontrar contenido así en español, hecho con respeto y rigor histórico.
Ayúdanos a que llegue a más gente. Gracias, parce. Después de Pinina, el hueco que nadie pudo llenar, cuando el cuerpo élite confirmó la muerte de John Jairo Arias Tascón, el general Miguel Maa Márquez, director del DAS, hizo una declaración que sorprendió a muchos. Dijo que la caída de Pinina tenía la misma dimensión que si hubiera caído Pablo Escobar.
No era exageración ni política, era el reconocimiento de que Pinina era, en términos operativos, el motor del aparato de terror del cartel. La revista Semana, en su edición del 16 de junio de 1990, publicó un artículo titulado Golpe al sicariato, en el que describía a Arias Tascón como probablemente el hombre que más asesinatos había ordenado en Colombia a sus 29 años.
El artículo documentaba como su red de reclutamiento en las comunas había alimentado durante años el ejército de sicarios del cartel. El hueco que dejó Pinina fue tan grande que Escobar tuvo que llenarlo no con un hombre, sino con varios. Las funciones que Arias Tascón ejercía solo fueron distribuidas entre Brances Alexander Muñoz Mosquera, alias Tyson, Mario Alberto Castaño Molina, alias El Chopo, David Ricardo Priscolopera, alias Richard y John Jairo, Velázquez Vázquez, alias
Popelle. Cuatro hombres para reemplazar a uno. Lo dice todo el propio Popelle. Pinina hubiese sido un Pablo Escobar 2. El Chopo era conocido por ser uno de los sicarios más brutales y sádicos del cartel. un hombre que mataba por sospecha y se autoproclamaba el rey de los bandidos. Tyson era implacable en la ejecución de órdenes.
Opelle era leal, hábil y comunicativo. Ninguno de ellos tenía la combinación que tenía Pinina. La inteligencia táctica para reclutar y estructurar operaciones complejas, la lealtad incondicional de Escobar, la discreción total y el conocimiento profundo de las comunas que le permitía operar en cualquier barrio de Medellín sin levantar sospechas.
Sin Pinina, el cartel de Medellín comenzó un declive que se aceleró mes a mes. En diciembre de 1989 había caído José Gonzalo Rodríguez Gacha, el mexicano. En junio de 1990 cayó Pinina. En 1990 y uno murieron David Ricardo Prisco y Armando Prisco. La estructura se fue desmoronando de a poco hasta que el 2 de diciembre de 1993 Pablo Escobar fue abatido en el tejado de una casa en el barrio, Los Olivos de Medellín.
La mansión que Pinina había comprado el 12 de mayo de 1989 en el poblado fue confiscada por el Estado colombiano. Hoy está en ruinas, techos colapsados, paredes agrietadas, vegetación que invade los espacios que alguna vez fueron escenario de opulencia. Según la Dirección Nacional de Estupefacientes, la propiedad no fue destinada a nuevos usos.
Es una imagen que resume el destino de todo lo que construyó el cartel. Grandes estructuras que no aguantaron el peso de su propia violencia. John Jairo Arias Tascón fue sepultado en el cementerio central de Enigado. Su madre, Ana Livia Tascón Ruiz, murió en 2021 y está enterrada en la misma lápida que su hijo, Diana Gómez Moreno.
La esposa de 19 años que estaba en el apartamento cuando llegó el cuerpo élite, sobrevivió. Su bebé, cuyo sexo nunca se confirmó públicamente, también sobrevivió. Poco más se sabe de sus vidas. El legado oculto, ¿por qué Pinina importa hoy? La historia de John Jairo Arias Tascón, no es solo la historia de un hombre violento que terminó de forma violenta.
Es la historia de una época y de un sistema que convirtió la violencia en una industria. Lobainá, el barrio donde Pinina creció, no producía sicarios porque sus habitantes fueran malos. Producía sicarios porque era un lugar donde el Estado no llegaba, donde la pobreza era estructural, donde la única forma de movilidad social visible era la que ofrecía el cartel.
Cuando Escobar llegó con su plata y su promesa de que los pelados de las comunas podían convertirse en alguien, miles de jóvenes tomaron esa oferta. Pinina fue el primero de una generación entera. El impacto de su red de reclutamiento se siente hasta hoy. Los muchachos que Pinina reclutó en las comunas entre 1980 y 4 y 1990 fueron los que entrenaron a la siguiente generación.
Los combos y bandas que existen hoy en Medellín son en muchos casos descendientes directos de esa estructura que Arias Tascón ayudó a construir. En la cultura popular, su figura ha aparecido representada de manera indirecta en varias producciones. En 2012, Caracol Televisión estrenó la serie Escobar, El patrón del mal, donde el personaje inspirado en Pinina aparece como John Mario Ortiz, alias el Chili, interpretado por Anderson Ballesteros.
En 2016, la serie Narcos de Netflix usó a Pinina como inspiración para crear el personaje de Poison, el teniente sicario de Pablo Escobar. En 2016, la serie Bloque de Búsqueda lo representa bajo el alias Pinocho, interpretado por Sebastián Boscán. Y en 2022, la serie Goals en contra de Netflix sobre la vida del futbolista Andrés Escobar incluye al personaje de John Jiro Pirula, interpretado por Héctor Mejía.
Ninguna de esas representaciones capta completamente la complejidad del hombre real. El hombre que corría de madrugada en ropa blanca mientras un niño aprendía a manejar moto. El que llevaba coñac en la petaca, el que odiaba su apodo, el que sabía los nombres de todos los pelados en cada cuadra de Lobain el que nunca habló más de lo necesario porque su voz le había enseñado que el silencio era una forma de poder.
Victoria Enao, la viuda de Pablo Escobar, lo resumió en una frase que publicó en su libro de memorias. Lo conocí cuando desde muy joven fue contratado por Pablo para estar a su lado. Y muchas veces mi marido me dijo que lo apreciaba porque era uno de los hombres más leales que tenía, siempre dispuesto a acompañarlo. Lealtad.
Esa es la palabra que aparece una y otra vez cuando alguien habla de Pinina. Lealtad hasta el final, hasta el apartamento del poblado, hasta la pistola en la mano y las balas en el cuerpo, hasta el sótano, donde cayó un hombre de 29 años que había construido el aparato de terror más eficiente que jamás tuvo Pablo Escobar.
Lovaina, el cementerio de Envigado y la lápida compartida. El cementerio central de Envigado es un lugar tranquilo. Hileras de tumbas blancas bajo el sol antioqueño, flores que se marchitan, nombres que el tiempo va borrando de la memoria colectiva. Ahí está enterrado John Jairo Arias Tascón y junto a él, en la misma lápida, su madre Ana Livia Tascón Ruiz, que murió en 2021, 31 años después que su hijo.
No se sabe si Ana Livia supo en vida toda la magnitud de lo que hizo su hijo. No se sabe si entendió o no el peso de cada crimen que se le atribuyó. Solo se sabe que cuando murió, a los 90 y tantos años probablemente alguien tomó la decisión de sepultarla en la misma lápida que el hijo al que había visto nacer en Lobain el 21 de octubre de 1961.
Madre e hijo, en el mismo espacio de piedra y tierra. Dos vidas que empezaron en el mismo barrio y terminaron en el mismo cementerio, entre ellas 31 años de historia colombiana que no se puede borrar. En Lovaina, el barrio donde Pinina creció, la vida sigue su ritmo.

Las calles se han ido transformando con el tiempo, pero la memoria de lo que fue ese sector en los años 80, cuando era cantera de sicarios para el cartel de Medellín, no desaparece fácilmente. Los barrios tienen memoria larga y la mansión del poblado, esa que Pinina compró el 12 de mayo de 1989 por una fortuna, sigue ahí en ruinas con sus techos colapsados y su vegetación invasora, como un monumento involuntario a la futilidad de lo que el cartel construyó.
Todo lo que parecía sólido se deshizo. Todo lo que parecía eterno duró una generación. El hombre que debía ser el Pablo Escobar del futuro, murió a los 29 años en el sótano de un edificio con un tobillo roto y una pistola en la mano. Así vivió Pinina. Así murió Pinina. Parce, si llegaste hasta el final de este video, hay algo que tengo que pedirte. Suscríbete.
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