Profesores japoneses lloraron al oír a estudiantes mexicanos cantar el himno con el corazón

Mi nombre es Kentanaka, tengo 45 años y soy el director del prestigioso colegio Seiso en el área de Shibuya, Tokio. He dedicado 20 años al sistema educativo japonés, siempre creyendo que éramos el número uno en Asia. Nuestros niños se despiertan a las 4 de la mañana, tienen clases de refuerzo hasta las 10 de la noche y repiten miles de exámenes para ingresar a las mejores universidades.

Nos sentimos orgullosos cuando los estudiantes japoneses alcanzaron las puntuaciones más altas en PISA durante 3 años consecutivos. Nos enorgullecíamos de la disciplina casi militar de nuestros jóvenes. Nos enorgullecíamos de que Japón se hubiera convertido en una nación desarrollada en solo una generación.

Pero cada vez que pasaba por la enfermería de la escuela, veía a estudiantes inconscientes debido al estrés. Cada vez que leía la noticia sobre adolescentes que se suicidaban por no aprobar un examen, me decía a mí mismo que ese era el precio del éxito. Nunca dudé que nuestro sistema pudiera estar equivocado. Hasta este año, el Ministerio de Educación de Japón ordenó que 300 de nuestras escuelas de élite enviaran delegaciones de profesores para una semana de observación en México.

Me reí por dentro al leer la orden. México. Un país que solo conocía por el fútbol, el mariachi y los tacos. Un país donde los niños todavía cantaban el himno nacional todas las mañanas, como en la edad de piedra. Un país donde los maestros ganaban poco pero sonreían todos los días. ¿Qué íbamos a aprender allí? abordé el avión sintiendo que me enviaban a un castigo.

Nuestra delegación de 300 personas vestidas con trajes idénticos se sentó en filas ordenadas como un ejército. Durante el vuelo abría el expediente proporcionado por el ministerio. La primera página en letras grandes decía proyecto de intercambio educativo con México. aprendiendo el equilibrio y la alegría en la educación. Me burlé en voz baja.

Felicidad en este mundo competitivo. La felicidad es un lujo. El avión aterrizó en el aeropuerto internacional de la ciudad de México a las 5 de la tarde. Bajé del avión somnoliento e irritado. El aire era tan denso y húmedo que mi traje se empapó de sudor en 3 minutos. Un cartel de bienvenida estaba escrito en japonés.

Bienvenidos a los Estados Unidos Mexicanos. Me sorprendió un poco, pero supuse que lo preparaban para todas las naciones. Lo que me detuvo fue el sonido. El himno nacional mexicano comenzó a resonar por todo el aeropuerto. Miles de pasajeros se detuvieron. Los empleados del aeropuerto dejaron las maletas. Se llevaron las manos al pecho en un gesto de reverencia.

Incluso el conductor del carrito de equipaje detuvo el vehículo y se giró hacia la bandera. Todos cantaban juntos en voz alta y clara, haciendo vibrar los cristales. Me quedé allí paralizado. Mis 300 colegas se pusieron tensos como extranjeros. Habíamos olvidado cómo era cantar el himmo nacional juntos. En Japón, nuestros niños cantaban el himno por la mañana como si fuera un funeral.

Nadie sonreía, nadie se miraba a los ojos. Pero allí vi sonrisas en el rostro de todos. Vi a estudiantes uniformados de pie, pero con los ojos brillantes. Vi a un señor que vendía café levantar la mano y cantar con toda su voz. El himno terminó. La gente aplaudió suavemente y volvió a caminar como si nada hubiera pasado. Sentí como si me hubieran dado una bofetada por la cosa más simple del mundo.

De camino al hotel, saqué mi celular para ver las noticias de Japón. El primer titular que apareció fue: “Estudiante de duodécimo grado en Shibuya se suicida tras nota por debajo de lo esperado. Apagué el teléfono de inmediato. Mi corazón estaba pesado de una manera que no podía explicar. No sabía que los próximos 7 días me cambiarían para siempre y que esa canción nacional que consideraba anticuada se convertiría en la melodía que me haría llorar más intensamente en la vida.

El autobús de recepción nos llevó fuera del aeropuerto a las 7 de la mañana. Miré por la ventana. La Ciudad de México por la mañana era más caótica de lo que imaginaba. Atascos interminables, motocicletas serpenteando entre los coches como peces nadando contra la corriente. Los espectaculares estaban llenos de anuncios vibrantes y fotos coloridas.

Suspiré y me giré hacia el subdirector Sato. B. Subdirector, ¿cómo puede un país con un tráfico así enseñar disciplina a sus jóvenes? El subdirector Sato asintió. De acuerdo. He comprobado que las escuelas públicas aquí tienen 4 meses de vacaciones al año. No es demasiado. El autobús entró en una calle estrecha que pasaba por un mercado matutino lleno del olor de especias fuertes y gritos de regateo.

Arrugué la nariz sin querer. Qué olor tan fuerte, dije. Sato se rió ligeramente. Los jóvenes mexicanos deben estar acostumbrados a esto desde pequeños. totalmente diferente a nuestros alumnos. Llegamos a una escuela secundaria en las afueras de la Ciudad de México, en la región de Sochimilco, antes de las 8:30.

El letrero en la entrada decía: Escuela secundaria técnica Frida Calo. Era un edificio sencillo de ladrillos azules sin las 40 cámaras de seguridad como las nuestras. El césped parecía irregular, con marcas de neumáticos de bicicletas que los niños usaban para jugar. Sacudí la cabeza internamente. ¿Qué podría ofrecer una escuela así? Pero en cuanto el autobús se detuvo, mis ojos se abrieron de par en par.

Casi 3,000 alumnos, niños y niñas, estaban en fila, perfectamente organizados frente al patio. Todos vestían camisas blancas y limpias y pantalones azul marino. Vi a niñas con el pelo largo recogido con gomas negras y a niños con el pelo corto, pero todos con rostros sonrientes. Nadie estaba usando su celular, nadie hablaba en voz alta. Todos estaban de pie.

Mirando el asta de la bandera, el director de la escuela, un hombre alto de piel morena de unos 50 años, sonrió abiertamente, mostrando unos dientes blancos. Se acercó a mí, hizo una leve inclinación de cabeza y dijo en un inglés claro, “Hola, director Tanaka, bienvenido a nuestra escuela.” Respondí con una leve reverencia por educación, pero todavía sintiéndome extraño.

¿Por qué eran tan amigables? A las 8 en punto sonó el toque de tambor. Todos los alumnos se llevaron las manos al pecho simultáneamente. El himno nacional mexicano resonó de nuevo. Esta vez estaba en medio de los 3000 estudiantes. El sonido del canto de los niños era tan poderoso que me sentía abrazado. Vi a un niño cantando tan alto y claramente que las lágrimas corrían por su rostro.

Vi a una niña levantando la mano hacia la bandera con la más profunda reverencia. Vi a los maestros detrás de los alumnos tocando suavemente sus hombros al ritmo de la música. El himno terminó. Todos aplaudieron suavemente tres veces y al unísono gritaron. Viva México se me puso la piel de gallina. El director se giró y me sonrió.

Nuestros jóvenes cantan el himno por la mañana y por la tarde todos los días. Nunca falla, pregunté automáticamente. ¿Y no se cansan? El director se rió en voz baja. Están orgullosos, señor. Esta música les hace saber que son mexicanos. No entendí la respuesta en ese momento. A continuación, los alumnos comenzaron las actividades en el patio.

Un niño subió y dirigió una oración de forma clara y alta. Toda la escuela rezó junta en un sonido tan fuerte que parecía un coro de concierto. El subdirector Sato susurró en mi oído. Los mexicanos realmente rezan todos los días antes de clase, asentí, pero comencé a sentir algo inexplicable. Luego el director nos guió por la escuela.

Las aulas no tenían aire acondicionado. Ventiladores de techo giraban lentamente. Las mesas y sillas de madera eran viejas, algunas ralladas. La pizarra usaba tisa de verdad, no pizarras inteligentes. Sonreí con desdén internamente. ¿Cómo podría una escuela así competir con nuestro sistema? Pero lo que me detuvo fue la escena en el aula de primaria.

Un maestro estaba enseñando español, pero todos los alumnos levantaban la mano para responder a las preguntas con entusiasmo. Un niño se levantó y recitó un fragmento de un poema famoso con plena emoción. El resto de la clase aplaudió calurosamente a su amigo. El maestro no regañaba, no golpeaba ni amenazaba con malas notas, pero todos los alumnos estaban tan concentrados que me sentía atraído.

Durante el recreo, los alumnos vinieron corriendo hacia nosotros con sonrisas. Una niña hizo una reverencia y habló inglés con acento mexicano. Hola, son de Japón, ¿verdad? Me encanta el JP. Otro niño levantó la mano y dijo en japonés que había aprendido con Ichi sensei. Me quedé tan sorprendido que apenas podía hablar. Alumnos de una escuela pública en las afueras de la Ciudad de México hablaban japonés.

Me giré hacia el director y pregunté, “¿Los niños aquí tienen muchas clases particulares?” El director sonrió ampliamente. Nuestros alumnos tienen algunas clases extras, pero no hasta las 2 o 3 de la mañana como en Japón. Creemos que los niños necesitan tiempo para dormir, para jugar y para pasar con la familia. Me reí por dentro.

Por eso los niños mexicanos jamás podrán competir con los nuestros. Pero mientras volvía en autobús al hotel, la imagen de los 3000 alumnos cantando el himno nacional juntos persistía en mi mente. Saqué el celular y miré las fotos que había tomado. En todas ellas, los niños estaban sonriendo. Sonrisas verdaderas del corazón, no la sonrisa forzada que veía en las graduaciones japonesas.

Esa noche no pude dormir. Por primera vez en 20 años comencé a sospechar que todo en lo que creía podría estar equivocado. Al tercer día del viaje fuimos a una famosa escuela secundaria en la capital, en la ciudad de México. Se llamaba Colegio Nacional Preparatoria. Había leído en los documentos del ministerio que era la escuela pública número uno de México.

Me reí sarcásticamente, la número uno del gobierno, pero probablemente no se compara con nuestras escuelas privadas de Shibuya. El autobús se detuvo frente a la puerta a las 7:30. Lo primero que vi fueron miles de alumnos en fila frente al asta de la bandera. De nuevo, el himno nacional mexicano comenzó a sonar, pero esta vez no me puse tenso como los dos primeros días.

Sin querer me llevé la mano al pecho junto con los niños. El sonido era tan poderoso que mi pecho vibró. 10,000 niños cantaban juntos como una ola gigantesca. Vi a los maestros detrás con las manos cruzadas sobre el pecho. Vi a un niño con lágrimas corriendo, pero que seguía cantando hasta el final. El himno terminó.

Todos gritaron al unísono, “¡México, nuestra patria, que prospere y viva para siempre.” Y aplaudieron tres veces. El sonido fue ensordecedor, se me puso la piel de gallina repetidamente. La directora del Colegio Nacional Preparatoria era una mujer alta de unos 50 años vestida con un elegante blazer. Nos saludó con una reverencia y dijo en un inglés claro: “Bienvenidos, profesores de Japón.

Nuestra escuela tiene el honor de recibirlos.” respondí, pero internamente todavía pensaba que hablaba bien porque era una escuela famosa. Nos guió por la escuela. La biblioteca era tan grande que me quedé con la boca abierta. Libros iban del suelo al techo. Los alumnos leían en silencio. Había un rincón de cómics, un rincón de cuentos infantiles, un rincón de libros en idiomas extranjeros.

Un alumno me saludó en japonés. Sensei. ¿Qué tipo de libro le gusta leer? respondí automáticamente. Me gustan los libros de historia. El niño sonrió ampliamente y corrió a traerme un libro sobre la historia de Japón. Me quedé demasiado sorprendido para hablar. Niños mexicanos leían sobre la historia japonesa.

Luego visitamos una clase de física de secundaria. El profesor era un joven de unos 30 años con una camisa azul claro. No estaba al frente de la clase explicando fórmulas largas, sino que dejaba que los alumnos trabajaran en grupos en un proyecto de cohete de botella de agua. Los niños reían y gritaban conversando entre ellos, pero el profesor no los regañaba.

sonreía e iba a ayudar a cada grupo. Vi a una niña cuyo cohete voló casi hasta el techo. Todos aplaudieron y gritaron de alegría. El profesor hizo una señal de pulgar hacia arriba y dijo, “Excelente, este grupo ganó. A nadie le importaban las notas de los exámenes, pero todos estaban tan felices que sentí como si mi rostro se estuviera calentando al sol.

Durante el almuerzo nos invitaron a comer con los alumnos. La larga mesa estaba llena de comida mexicana. Los niños nos sirvieron arroz, frijoles y mole. Un niño levantó la mano y dijo, “Sensei, pruebe nuestros tacos al pastor. Son deliciosos.” Probé primer bocado. Todos rieron y aplaudieron. El subdirector Sato susurró, “Los niños mexicanos sonríen mucho, ¿verdad? Asentí, pero comencé a sentir que algo andaba mal conmigo.

Esa tarde hubo una actividad especial. La escuela organizó un intercambio cultural. Los alumnos mexicanos subieron al escenario y bailaron jarabe tapatío. La música alegre resonó y niños y niñas bailaron en un gran círculo. Vi a niños altos bailando graciosamente y a niñas pequeñas sonriendo hasta que sus ojos se achinaron.

Entonces los niños vinieron a tirar de nosotros. Sensei, venga a bailar con nosotros. No pude negarme. Fui arrastrado al círculo. Mi mano izquierda sostenía la mano de un niño y la derecha, la de una niña. La música comenzó. Todos daban pasos juntos. Tropecé varias veces. Los niños se rieron y me sostuvieron. Nadie se burlaba. Todos me sonreían.

Sentí que mi corazón se derretía. Por la noche, volviendo al hotel, Sato habló en voz baja. Director, acabo de darme cuenta. Nuestros alumnos nunca sonríen así. Me quedé en silencio. Mi cabeza estaba llena de imágenes. 10,000 niños cantando el himno, niños riendo en la clase de física, niños tirando de mí para bailar jarabe tapatío.

Esa noche abrí la computadora y busqué información sobre el colegio nacional preparatoria. Descubrí que la escuela enviaba a más del 90% de sus alumnos a las mejores universidades de México cada año. Descubrí que los alumnos de allí habían ganado competencias internacionales de robótica tres veces. Descubrí que los niños hablaban inglés mucho más fluidamente de lo que pensaba.

Cerré la computadora y me quedé mirando el techo durante un largo rato. Comencé a sentir miedo, miedo de que todo en lo que había creído durante 20 años estuviera a punto de desmoronarse frente a mí. Y todavía no sabía que el día siguiente sería el día en que yo y mis 300 profesores japoneses lloraríamos más intensamente.

Al cuarto día viajamos a una verdadera escuela rural. Se llamaba Escuela primaria, El Rincón Feliz, en un pequeño pueblo del interior de Oaxaca. Estaba preparado para ver escuelas en ruinas, niños delgados y maestros en sandalias. El autobús giró en un camino de tierra, levantando tanto polvo que tuve que cerrar la ventana.

Al llegar, reafirmé mi suposición. El edificio de la escuela era de madera de dos pisos con un techo de zinc viejo. El campo era de tierra con solo porterías de fútbol hechas de bambú. La escuela tenía poco más de 300 alumnos en total. Sato susurró. Esta es la verdadera escuela mexicana. Asentí. No necesitaba decir más.

Pero en cuanto bajé del autobús, la escena me paralizó de nuevo. Todos los alumnos estaban de pie en fila frente al asta. Sus uniformes estaban descoloridos, algunos zapatos estaban gastados, pero todos levantaron la mano y saludaron juntos. Hola, profesores de Japón. La voz era tan alta que los pájaros huyeron de los árboles.

El director de la escuela era un señor delgado de unos 60 años, pero con ojos brillantes. Nos saludó con una reverencia y dijo en un inglés lento, “Bienvenidos. Nuestra escuela es pequeña, pero nuestro corazón es grande. Sonreí forzadamente pensando, un corazón grande no ayudará a los niños a entrar a la universidad.

A las 8 en punto, el himno nacional mexicano sonó de nuevo. Esta vez no había buenos altavoces, solo un sistema de sonido antiguo y con ruido. Pero los 300 alumnos cantaron tan alto que ahogaron el sonido del equipo. Vi a un niño pequeño de puntillas para ver mejor la bandera. Vi a una niña con el pelo corto cantando hasta llorar.

Vi a los maestros detrás de ellos, poniendo la mano suavemente en el hombro de los niños al ritmo de la música. El himno terminó. Los niños gritaron al unísono. Prometo lealtad a la nación, a la comunidad y al amor. E hicieron una reverencia juntos. Me quedé parado hasta que Sato me tocó el brazo. Luego el director nos llevó a las aulas.

El aula de primaria tenía 40 alumnos sentados en el suelo de madera. No había mesas ni sillas de metal como en nuestras escuelas, pero todos estaban sentados, erguidos y concentrados. El profesor enseñaba ciencias con equipos hechos a mano. Usando botellas de plástico, hacían cohetes de aire comprimido. Los ojos de todos los niños brillaban cuando el cohete subía al cielo.

El profesor no decía la fórmula, sino que preguntaba por qué voló. Los niños levantaban la mano para responder, algunos equivocándose, otros acertando, pero el profesor sonreía y decía, “Equivocarse no está mal, inténtalo de nuevo, mi hijo.” Comencé a sentirme extraño. En Japón, si un niño se equivocaba, el profesor lo regañaba de inmediato.

Por la tarde hubo una actividad especial que casi me derriba. Los niños organizaron una feria de ciencias comunitaria. Los alumnos de primaria construyeron robots a partir de basura reciclada. Un niño usó placas de circuito antiguas de una lavadora para hacer un robot que caminaba.

Otro usó botellas de agua para hacer un filtro de agua potable. Le pregunté a un niño pequeño, “¿Dónde tomaste clases particulares para ser tan inteligente?” se rió y respondió, “No tomé clases particulares, señor. Aprendí con los alumnos mayores y traté de hacerlo solo. Me giré hacia el director. ¿Cuántos alumnos de esta escuela entran a la universidad?”, el director sonrió ampliamente.

El año pasado, 18:20. Los restantes fueron a escuelas técnicas, pero todos consiguieron empleo. Me quedé con la boca abierta. Una escuela rural de solo 300 alumnos enviaba al 90% a la universidad. Por la noche, antes de partir, los niños se reunieron a nuestro alrededor. Una niña me entregó una flor.

Era una sempuchil amarilla, que ellos mismos cultivaban al lado de la escuela. Dijo suavemente. Quería que la llevara para plantarla en Japón. Sensei le recordará que los mexicanos no se rinden ante nadie. Tomé la flor con las manos temblorosas. Sato susurró, director, estoy empezando a tener miedo, miedo de que estemos perdiendo contra estos niños.

Esa noche me senté en mi habitación de hotel y miré la foto de los niños de la escuela El Rincón feliz cantando el himno. Niños con ropa descolorida y zapatos gastados, pero con ojos brillantes. Abrí YouTube y busqué clips de competencias de ciencias mexicanas. Encontré un clip de un alumno mexicano que había ganado la olimpiada de física el año pasado.

Ese alumno era de una escuela rural como la que visitamos hoy. Cerré la computadora y me sostuve la cabeza. Por primera vez en mi vida sentí que mis creencias eran violentamente sacudidas y todavía no sabía que el día siguiente sería mucho más difícil. Al quinto día fuimos a una famosa escuela privada en la ciudad de México, el colegio americano.

Finalmente, pensé aliviado. Finalmente veré una escuela de verdad. El edificio era alto, de cuatro pisos, pintado de beige. El césped era verde impecable, con un campo de fútbol de césped sintético. Todas las aulas tenían aire acondicionado. Me giré y le sonreí a Sato. Esta sí es una escuela a nuestra altura.

Pero al entrar sentí algo extraño. El aire acondicionado estaba helado, pero me sentí sofocado. Los alumnos vestían camisas blancas y pantalones grises con corbatas rojas. Todos nos saludaron educadamente, pero no vi las sonrisas amplias de los tres días anteriores. Los ojos de los niños eran demasiado serios, como los alumnos japoneses que conocía.

A las 8 en punto, el himno nacional mexicano sonó. 5000 alumnos se pusieron en posición de firmes, perfectamente alineados. Pero esta vez no se me puso la piel de gallina. Todos estaban parados como robots. Ningún niño lloró, nadie sonrió. El himno terminó. Aplaudieron tres veces al unísono y se dispersaron en silencio absoluto.

Sentí como si hubiera vuelto a mi colegio seis oo en Shibuya. El director de la escuela era un sacerdote católico mexicano de unos 60 años. Nos saludó y dijo en inglés británico, “Bienvenidos, distinguidos invitados de Japón. Es un honor para nosotros.” Respondí, pero pensé, “Finalmente, alguien que habla inglés estándar. nos llevó a ver las aulas.

Secundaria, clase de matemáticas. El profesor usaba una pizarra inteligente y hablaba solo en inglés. Todos los alumnos tomaban notas frenéticamente. El profesor hacía preguntas difíciles de nivel olímpico y los alumnos levantaban la mano de inmediato con respuestas perfectamente correctas. Asentí con admiración.

Estos sí son alumnos listos para competir con el mundo. Pero durante la clase observé a un niño sentado con la cabeza baja, con las manos ligeramente temblorosas. El profesor lo llamó por su nombre, se levantó tenso y se equivocó en la respuesta. El profesor dijo suavemente, pero de forma audible. Te equivocaste de nuevo. Vuelve y practica más.

El niño se sentó rojo de vergüenza. Vi lágrimas en sus ojos. Estaba muy familiarizado con esta escena. Era la escena de todas mis clases en Japón. Durante el almuerzo, nos invitaron a comer en el comedor de la escuela. Comida francesa, filete, sopa de crema. Algunos alumnos comían en silencio, otros revisaban secretamente sus celulares en busca de las notas de los exámenes.

Le pregunté a un alumno en la mesa de al lado. ¿Te gusta estudiar aquí? Sonríó forzadamente. Me gusta, señor, pero es agotador, pero tengo que aguantar. Le pregunté más. Si pudieras elegir, ¿qué tipo de escuela te gustaría? El niño dudó un momento y respondió en voz baja, “Me gustaría estudiar en una escuela donde cantamos el himno nacional y somos felices.

” Tragué saliva. Esta respuesta vino de un alumno de una escuela privada de élite. Esa tarde hubo un evento especial, un debate en inglés entre el colegio americano y la escuela rural El Rincón Feliz que visitamos ayer. Pensé, “El campo va a perder estrepitosamente.” Pero cuando comenzó el debate, mis ojos se abrieron de par en par.

Los alumnos del rincón feliz vestían uniformes descoloridos, pero estaban erguidos y confiados. Hablaban inglés con acento mexicano, pero con claridad y poder. El tema era, “La competencia saca lo mejor de las personas.” Los alumnos del colegio americano argumentaron ferozmente, pero el alumno rural respondió con una frase corta que silenció la sala.

La competencia nos hace olvidar cómo sonreír. Eso es realmente lo mejor. Los jueces aplaudieron alumno rural más fuerte que al del colegio americano. Los alumnos del americano se quedaron parados, algunos con la cabeza baja. Por la noche antes de partir, el sacerdote director me llamó para una conversación privada.

Dijo en voz baja, “Director Tanaca, nuestra escuela ha producido los mejores alumnos durante mucho tiempo, pero este año ya hemos tenido dos suicidios. Ya no sé si estoy haciendo lo correcto o lo incorrecto. Me quedé inmóvil. Sus palabras me golpearon como un cuchillo. De camino de vuelta saqué el teléfono para ver las noticias de Japón. Última hora.

Estudiante de duodécimo grado en Shibuya se suicida tras nota por debajo de la meta. Apagué el teléfono y miré por la ventana. La Ciudad de México encendía sus luces nocturnas. La luz anaranjada era débil, pero sentía que estaba más cálida que nunca. Comencé a entender que lo que yo pensaba que estaba atrasado podría ser lo que habíamos perdido hace mucho tiempo y mañana sería el día que más temía.

Al sexto día volvimos a la escuela secundaria técnica Frida Calo. El Ministerio de Educación Mexicano organizó un gran evento llamado Día de la cultura de la felicidad para que los 300 profesores japoneses pasaran el día con los 3000 alumnos mexicanos. Me desperté a las 5 de la mañana con el corazón latiendo fuerte sin motivo. El subdirector Sato preguntó durante el desayuno.

Director, ¿algo especial hoy? Parece animado. No pude responder. Solo sentí que este día no sería igual. Llegamos a la escuela a las 8 de la mañana. Los alumnos mexicanos nos recibieron con pancartas de tela hechas a mano que decían, “Bienvenidos, profesores japoneses, que también son nuestros maestros.” Leí la frase y casi lloro sin darme cuenta.

La primera actividad fue la feria del conocimiento. Los alumnos montaron stands para enseñar sus habilidades a los profesores japoneses. Había un stand enseñando a hacer alebrijes, otro enseñando a bailar cumbia, otro enseñando a volar papalotes. Pasé por un stand. Un alumno estaba enseñando a una profesora japonesa a atar el hilo del papalote.

Dijo lentamente en inglés, “Si el papalote vuela alto, significa que tu corazón está libre.” La profesora japonesa sonrió hasta llorar. La siguiente actividad fueron los juegos folkóricos. Alumnos mexicanos se unieron a los profesores japoneses para jugar a la cuerda. Fui arrastrado a un equipo por un niño pequeño pero fuerte.

Cuando sonó el silvato, el niño gritó, “Un, dos, tres, México, Japón, todos tiramos juntos. Nuestro equipo ganó. El niño vino y me abrazó fuerte. Lo abracé de vuelta sin darme cuenta. Por la tarde había un gran escenario en el césped. Los alumnos mexicanos presentaron música folclórica.

Una orquesta de percusión de primaria tocó una melodía de Son Jarocho tan hermosa que se me puso la piel de gallina. Luego, un grupo de danza folclórica de secundaria bailó alegremente. Muchos profesores japoneses comenzaron a moverse al ritmo sin querer. Entonces llegó un momento que nadie esperaba. El director mexicano subió al escenario y tomó el micrófono.

Dijo, “Hoy queremos que los profesores japoneses vean que los niños mexicanos no estudian solo para los exámenes, sino que estudian para entenderse a sí mismos y amar a su país.” Luego, los 3000 alumnos lentamente subieron al escenario. Nadie ordenó, nadie forzó, todos se pusieron de pie, formando un gran corazón humano en el centro del campo.

Y entonces la melodía del himno nacional mexicano comenzó a sonar de nuevo, pero esta vez no vino de los altavoces, era el canto a capela de los 3000 alumnos. No había instrumentos, solo las voces puras de los niños resonando en el cielo. Me quedé allí. 300 profesores japoneses en fila como un ejército a punto de ser derrotado.

La voz de los niños subió verso por verso. Mexicanos, al grito de guerra. Vi al profesor Sato a mi lado temblando. Vi al subdirector cubrirse la boca. Vi a una joven profesora caer al suelo. El acero aprestad y el bridón. Las voces de los niños se hacían más altas. Sentí como si una ola gigante hubiera golpeado mi pecho.

Me llevé la mano a la boca para cubrirla, pero fue demasiado tarde. Las lágrimas corrieron sin sonido. Los niños continuaron cantando y retiemble en sus centros la tierra. En este punto casi todos los profesores japoneses estaban llorando. Algunos se abrazaban, otros hacían reverencias a los niños mexicanos a distancia al sonoro rugir del cañón.

Caí de rodillas en el césped. Lloré incontrolablemente, mi cuerpo temblando. Lloré al pensar en los alumnos japoneses que se habían suicidado. Lloré al pensar en mí mismo, que siempre creí que la felicidad era un lujo. Lloré por este mismo himno nacional que en nuestro país los niños temían, pero que aquí amaban de corazón.

El himno terminó. Los 3,000 alumnos nos hicieron una reverencia y gritaron en voz alta. Gracias por amar a los niños mexicanos como a sus propios hijos. Lloré hasta perder el aliento. Sato me sostuvo el hombro. Los 300 profesores japoneses lloramos en medio del patio de la escuela mexicana.

Nadie pudo hablar durante un largo rato. Esa noche el director mexicano se me acercó. Habló en voz baja. Director Tanaca. No queríamos vencer. Solo queríamos que viera que todo niño nació para ser feliz, no para competir hasta la muerte. Bajé la cabeza y dije por primera vez, “Hemos perdido. Perdimos contra el corazón de los niños mexicanos desde el primer verso del himno nacional.

Esa noche escribí un correo electrónico al Ministerio de Educación de Japón. El título decía, reconsideración urgente. El sistema educativo japonés está matando a nuestros hijos. No sabía cuánto cambiaría ese correo, pero sabía una cosa. Mañana sería el día en que tendría que levantarme y decir la verdad a todos, aunque me costara todo.

El séptimo día, el último del viaje. El ministerio mexicano organizó un evento de clausura llamado Día de la Amistad México, Japón, en el gran auditorio de la Universidad Nacional Autónoma de México. 300 profesores japoneses y representantes de todas las escuelas mexicanas que visitamos, totalizando casi 5000 personas.

Me desperté a las 3 de la mañana, pasé la noche entera escribiendo mi discurso, escribía y borraba, borraba y escribía de nuevo, porque cada vez que escribía las palabras perdimos o nos equivocamos, mis manos temblaban. 25 años creyendo que nuestro sistema era superior. Hoy tendría que subir al escenario y decir a todos que estábamos equivocados todo el tiempo.

A las 9 de la mañana, el auditorio estaba lleno. Las banderas de Japón y México ondeaban lado a lado. Los alumnos mexicanos vestían sus uniformes blancos y limpios. Todos los profesores japoneses vestían sus trajes, pero nadie podía sonreír como el primer día. La ceremonia comenzó con los himnos de los dos países.

El himno japonés sonó primero. Me puse en posición de firmes con la mano en la frente, pero las voces de los profesores japoneses eran muy débiles. Muchos lloraban desde el primer verso. Luego el himno nacional mexicano. 5000 alumnos mexicanos cantaron juntos de nuevo. Esta vez el sonido era tan alto que el techo del auditorio vibró.

Cerré los ojos. La imagen del alumno suicidándose en Japón parpadeaba repetidamente en mi cabeza. Lloré en silencio bajo la melodía. Después de los himnos, el viceministro de Educación de México subió para dar el discurso de apertura. Habló con una voz suave. Hoy no estamos aquí para competir. Solo queremos que nuestros amigos japoneses vean que la felicidad y el éxito pueden caminar juntos.

Entonces llegó mi turno de subir al escenario. Mis piernas temblaban tanto que casi me caigo. El micrófono chilló por el sudor en mis manos. Miré hacia abajo. 300 profesores japoneses estaban sentados en fila llorando sin parar. Los alumnos mexicanos sonreían. Animándome, respiré hondo y comencé a hablar con la voz entrecortada.

Hola, soy Kentanaka, director del colegio Seizo de Shibuya, Tokio. Hace una semana vine aquí con arrogancia. Creía que los alumnos japoneses eran los mejores del mundo. Creía que nuestro sistema era impecable. Pensé que los niños mexicanos estaban atrasados porque no sabían competir. Solía reírme del hecho de que los niños mexicanos cantaban el himno nacional todos los días.

Pensaba que era anticuado y una pérdida de tiempo. Pero esta semana los niños mexicanos nos han dado una bofetada con sonrisas, una bofetada con amabilidad, una bofetada con un himno nacional cantado desde el corazón. Vi a niños rurales sin aire acondicionado, riendo más fuerte que los niños de Shibuya, que tenían todo.

Vi a niños sin clases particulares, construyendo robots que ganaron competencias mundiales. Vi a niños que estudiaban 6 horas al día amando a su país más que nuestros alumnos que estudiaban 16 horas. Y lo más importante, vi a niños mexicanos cantar el himno nacional y ser felices, mientras que los niños japoneses cantan el himno nacional y tienen miedo.

Hoy confieso ante todos, Japón ha perdido. Perdimos contra México. Perdimos contra el corazón de los niños mexicanos. Perdimos contra un sistema que permite que los niños sean realmente niños. No perdimos en notas de exámenes, perdimos en humanidad. Pido perdón a todos los alumnos japoneses que enseñé.

Perdón por haberles dicho que la felicidad no importaba. Perdón por haber creído que el suicidio era el precio del éxito. Dejé de hablar. Las lágrimas corrían tanto que apenas podía ver. Levanté la mano e hice una profunda reverencia a los niños mexicanos frente a mí. El auditorio quedó en silencio durante dos segundos.

Entonces, una salva de aplausos estruendosa sacudió las paredes. Los niños mexicanos se levantaron y aplaudieron a los profesores japoneses que admitieron su error. Todos los profesores japoneses se levantaron llorando. Sato corrió al escenario y me abrazó fuerte. Nuestros 300 lloramos juntos como niños que acababan de perderlo todo, pero en esa pérdida sentí que había recuperado algo.

Luego el viceministro mexicano subió al escenario, me abrazó suavemente y dijo al micrófono, “Director Tanaka, México no venció a Japón, solo extendimos la mano y estamos felices de que la haya tomado.” Luego se giró y ordenó, “Canten el himno nacional para los profesores japoneses. Una vez más, los 5000 niños cantaron el himno nacional mexicano de nuevo, pero esta vez los 300 profesores japoneses cantamos junto.

Cantamos con acento japonés. Nos equivocamos en algunas partes, pero cantamos con lágrimas y con todo el corazón. Cuando el himno terminó, nadie aplaudió. Todos nos quedamos en silencio, abrazados durante un largo rato. Supe que ese era el día en que mi sistema educativo japonés murió y el día en que yo, como ser humano, renací.

Esa noche escribí mi carta de renuncia al consejo escolar junto con una propuesta para reformar el sistema educativo japonés usando a México como modelo. No sabía si sería despedido o invitado a ser ministro. Pero sabía una cosa, no permitiría que más ningún alumno japonés muriera por causa de las notas de los exámenes y cada vez que escuchara el himno nacional mexicano de ahora en adelante, haría una reverencia y lloraría porque era la música que había salvado mi vida.

Dos meses después de volver a Japón, fui llamado a reunirme con el comité del Ministerio de Educación en Tokio. Todos esperaban que fuera interrogado o castigado porque mi discurso se había vuelto viral en línea. El video del director japonés Llorando y Admitiendo la derrota ante los niños mexicanos tuvo más de 200 millones de visitas en una semana. Entré en la sala de reuniones.

Hice una reverencia automáticamente. El ministro de educación se levantó y me tocó el hombro suavemente. Director Tanca, finalmente ha despertado a Japón. Me quedé confundido. En lugar de castigarme, me entregó un documento. Hemos establecido la Comisión Nacional de Reforma Educativa y queremos que usted sea el presidente.

Me quedé parado durante un largo rato. Bajé la cabeza. Pido solo una cosa, señor. Déjeme llevar a 5000 alumnos japoneses a México de nuevo. Esta vez no para una visita de observación, sino para aprender a ser humanos con los niños mexicanos. El ministro asintió aprobando. Tr meses después, en primavera, cinco aviones transportando a 5,000 alumnos japoneses de secundaria aterrizaron en la ciudad de México.

50,000 niños mexicanos esperaban para recibirlos en el campo de Marte. Las banderas de Japón y México ondeaban lado a lado. A las 8 en punto, el himno nacional mexicano comenzó a sonar. Los 5000 alumnos japoneses se pusieron en posición de firmes. Esta vez nadie tenía miedo. Todos se llevaron la mano al pecho junto con los niños mexicanos y cantaron el himno mexicano juntos por primera vez.

Yo estaba en medio. Lloré de nuevo, pero esta vez eran lágrimas de esperanza. Una alumna japonesa vino corriendo hacia mí. estaba vistiendo la camisa de uniforme mexicano que un alumno le había prestado. Dijo en español con acento japonés, “Sensei. Entendí por qué los niños mexicanos sonríen todos los días.

La abracé fuerte y susurré, porque nunca olvidaron que nacieron para ser felices, no para vencer. Ese día no tuvimos grandes ceremonias. Niños de las dos naciones simplemente se sentaron en círculo bajo una gran higuera, cantando los himnos unos de otros, alternando, comiendo onigiri con frijoles, riendo juntos, llorando juntos.

Miré a mi alrededor. Vi a los alumnos japoneses que solían tener rostros pálidos por el estudio intenso comenzando a tener color. Vi a los niños mexicanos que eran considerados atrasados enseñando a los japoneses a cantar el himno japonés con acento mexicano. Levanté la mano e hice una suave reverencia al cielo.

Susurré para mí mismo. Gracias México, por enseñarme que la grandeza de una nación no se mide por las notas de los exámenes, sino por la sonrisa del último niño. Finalmente entendí que la felicidad no es la recompensa después de la victoria, sino el combustible que nos permite vencer de verdad. Y ese día, a los 45 años me había graduado en la materia más importante de mi vida con el profesor más joven del mundo, un niño mexicano. 3 años después.

Estoy de pie en el patio del antiguo colegio Seiso, pero todo ha cambiado. El muro de la escuela sigue siendo de hierro gris, pero ahora hay hileras de sempasiles plantadas a ambos lados. Los alumnos todavía visten camisas blancas y pantalones oscuros, pero nadie más usa mangas largas para esconder cicatrices. A las 8 en punto, todos los alumnos corren al patio.

Nadie se queja por tener que cantar el himno nacional todos los días, porque el himno que resuena hoy no es solo el japonés. Todos se ponen en posición de firmes y cantan el himno japonés por un verso. Continúan con el himno mexicano por un verso y terminan con una canción de unión que los niños mexicanos enseñaron a los alumnos japoneses.

Los alumnos japoneses cantan las canciones mexicanas. Los niños mexicanos que vinieron de intercambio cantan las canciones japonesas. Todos cantan juntos hasta que el patio vibra. Después del himno, los niños no se dispersan. De inmediato gritan al unísono. Nacimos para ser felices y hacer felices a los demás. Esta frase se ha convertido en el nuevo juramento de nuestra escuela.

Las aulas han cambiado. Ya no hay clases de refuerzo después de la escuela. Han sido reemplazadas por clubes de la felicidad. Lunes, club de cocina mexicana. Martes, Club de Baile mixto de cumbia y K-pop. Miércoles, Club de horticultura orgánica en la azotea. Jueves, club de salud mental con un psicólogo voluntario que viene a escuchar semanalmente.

Viernes, club de escritura de cartas para el futuro. Las notas de los exámenes todavía importan, claro, pero hemos añadido un nuevo criterio, el índice semanal de felicidad. Todos los alumnos llenan un breve cuestionario. Si alguien está por debajo de seis décimas durante tres semanas seguidas, el profesor de la clase llama a los padres, no para regañar, sino para encontrar soluciones juntos.

En el primer año de implementación, la tasa de suicidio de alumnos de secundaria en el área de Shibuya cayó un 78%. El ministerio declaró a nuestra escuela el modelo nacional de felicidad. Un periodista me preguntó en una conferencia de prensa cómo cambió todo el sistema en solo un año. Hice una reverencia y respondí, yo no cambié nada, solo dejé de estorbar y dejé que los niños mexicanos hicieran el cambio.

Todos los viernes por la noche abro una pequeña sala de reuniones para que los alumnos que ya han pensado en el suicidio conversen. Un alumno me dijo una vez, pensé que si no pasaba a una buena universidad, mi vida se acabaría, pero ahora sé que la vida apenas está comenzando porque tengo amigos y profesores que me ven como persona, no como una nota.

Le sonreí e hice una reverencia. Gracias por haber sobrevivido, mi hijo. Todos los viernes por la noche veo el video antiguo. El video del día en que 5000 niños mexicanos cantaron el himno nacional para los profesores japoneses. Lo veo solo y lloro solo, no por tristeza, sino por alegría, por finalmente convertirme en el profesor que los niños realmente necesitaban.

Entendí que la grandeza de la educación no es hacer que los niños sean mejores que los otros, sino hacerlos amarse a sí mismos lo suficiente para seguir viviendo con valor. Y la verdad universal que aprendí en México es: “Todo niño en el mundo tiene derecho a sonreír. El deber de los adultos es nunca permitir que esa sonrisa desaparezca.

Hoy todavía soy el director del colegio Seisu, pero cada vez que me preguntan de qué momento de mi vida estoy más orgulloso, respondo lo mismo. El día en que lloré en medio del patio de una escuela mexicana y admití que perdí contra esos niños pequeños que cantaban un himno nacional de corazón, ese fue el día en que me vencí a mí mismo en la mayor victoria de todas.

3 años después de ese día, estoy de pie en el campo de Marte en la Ciudad de México de nuevo, pero esta vez no soy un invitado, soy coanfitrión. Hoy es el día de la inauguración del Instituto de la Felicidad de Asia América. Es un edificio de madera de tres pisos con una arquitectura que mezcla lo mexicano y lo japonés.

techo mexicano, ventanas japonesas, construido con donaciones de alumnos japoneses y mexicanos que crecieron juntos. Frente al edificio hay dos astas. La bandera mexicana y la bandera japonesa ondean juntas. Todas las mañanas alumnos de los dos países se turnan para hiszarlas. A las 8 en punto, 10,000 alumnos de 10 naciones de Asia y América están en fila.

Estoy al lado de la directora del instituto, la misma niña mexicana que me dio las en Pasuchil hace 3 años. Ahora tiene 18 años y está en la universidad. Se gira y me sonríe. Es nuestro turno, director Tanaca. Hago una reverencia y subo al escenario con ella. Tomo el micrófono. Mi voz todavía tiembla como el primer día, pero esta vez no es por miedo, es por emoción.

Hola, niños de todo el mundo. Hace 3 años vine aquí con arrogancia. Hoy vuelvo con orgullo. Orgullo de ver a niños de Japón, México, Tailandia, Corea, Vietnam, Indonesia, China e India de pie juntos, cantando los himnos unos de otros y sonriendo como hermanos. Me detuve y señalé el letrero enfrente del edificio.

El texto estaba escrito en español y japonés. Este instituto no enseña a los niños a ser mejores que los otros. enseña a los niños a amarse a sí mismos y a amar a sus semejantes. Porque si todos los niños se aman a sí mismos, este mundo no tendrá más ningún niño muriendo por causa de las notas de los exámenes.

Los 10,000 alumnos aplaudieron ruidosamente. La misma niña mexicana se me acercó, me entregó el micrófono y susurró, “Sensei, ¿puede cantar el himno mexicano con nosotros una vez más? Esta vez usted dirige. Sonreí con lágrimas en los ojos y levanté el micrófono. Mexicanos, al grito de guerra. Los 10,000 alumnos cantaron conmigo de inmediato.

La voz era tan alta que los pájaros huyeron del cielo. Canté hasta el final y grité, “Gracias, México. Gracias por enseñarme que la nación más grandiosa es aquella donde los niños sonríen todos los días. Todos los niños vinieron a abrazarme. Los abracé uno por uno hasta que mi camisa quedó mojada de lágrimas.

Por la tarde caminé hasta la gran higuera al lado del instituto. Bajo el árbol había una placa de mármol con una única frase grabada. Yo mismo la escribí. Que la sonrisa del último niño sea la medida de la grandeza de una nación. Al lado de la placa había una pequeña caja de madera. Dentro estaba la sempasil seca que esa niña me había dado hace tres años.

La había guardado hasta hoy. Hice una reverencia a la higuera y hablé en voz baja. Gracias por transformarme de un director arrogante en un ser humano que sabe amar. Y gracias por mostrarme que el mayor milagro del mundo no es sacar la máxima nota, sino la sonrisa de un niño cantando el himno nacional de corazón.

Me giré y miré a los 10,000 alumnos riendo y sonriendo ampliamente. México no solo me cambió a mí, está cambiando el mundo entero. Una sonrisa, un himno, un corazón a la vez. Y estaré aquí hasta el último día de mi vida para transmitir este milagro llamado Felicidad Infantil a todos los niños del mundo.

Hola, soy Kentanaca, exdirector del colegio Seiso y actualmente un niño de México para siempre. M.

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